miércoles, 5 de septiembre de 2012

La Pesadilla



Anoche tuve una pesadilla.  Nunca había tenido una pesadilla que me hiciera sentir tanto miedo y tristeza como esa.

Soñé que estaba enfrente de un palacio como los que hay en Francia: con veinte habitaciones, de enormes ventanales,  un jardín de varias hectáreas, balcones, unas gradas para entrar a la puerta principal que era de más de dos metros de alto con un arco de piedra alrededor. Pero el palacio estaba abandonado así que estaba gris, con maleza por todos lados.  

Era un día de otoño. Las hojas secas bailaban al ritmo del fuerte viento sin destino ni retorno.  Las nubes negras amenazantes de lluvia daban al lugar un aire tenebroso.   Yo cautelosamente subía las gradas para entrar al palacio.  

Al empujar la puerta  de madera, crujió perezosa mientras se habría.   Había un pasillo oscuro enfrente y varias puertas alrededor.  Entré despacio y pegué un grito al darme cuenta que en el suelo habían ratas y cucarachas que corrían despavoridas huyendo de mi presencia.  

Abrí la puerta que daba a un cuarto pero estaba vacío.  Luego abrí la segunda puerta  y ahí lo encontré: Era mi padre que estaba en un catre prostrado.  Estaba agonizando de un cáncer.  Su cuerpo frágil demostraba que no había comido en varios días ya que se le marcaban todos los huesos como líneas fronterizas en un mapa.  Mi corazón se encogió al verlo en ese estado pero traté de guardar la compostura por él.

Estaba tan pálido y débil que no podía hablar. El hacía un esfuerzo por decir algo pero no lograba emitir ni un sonido.   Busqué alrededor y encontré un vaso con agua.  Le levanté la cabeza con mi mano derecha y con la izquierda le traté de dar agua.  El agua se escurría por las comisuras de los labios mientras intentaba retener un poco del líquido.  Abría y cerraba los ojos y se entraba en inconsciencia a intervalos.

Mis lágrimas rodaban silenciosas por las mejillas.  No quería que mi padre me escuchara llorar.   Al fondo escuchaba al viento y al chillido de las ratas.  Mi padre señalaba con el dedo índice a un lugar imaginario sin yo poder descifrar lo que me quería decir. Quería llevármelo a otro lugar donde lo pudieran ayudar o curar pero sabía que eran sus últimos minutos de vida y que solo me quedaba esperar.

Después de varios minutos que parecieron una eternidad seguía sosteniendo la cabeza de mi padre con mi mano derecha, mientras le acariciaba con la izquierda las manos huesudas.  Su piel a mi tacto era fría como un témpano de hielo.   

De repente mi padre abrió los ojos y vio por primera vez los míos.  Se aferró fuertemente a mi blusa y dio un suspiro antes de expirar.  Ahí pasé mi mano por su nariz y acerqué mi oído a su pecho para asegurarme que de verdad había muerto.  Cuando comprobé que si era así, empecé a llorar fuertemente y me abracé a su cuerpo inerte.

Pero en ese momento yo ya no era hija de él sino simplemente alguien que lo había ayudado morir.  Su hija era una adolescente rebelde de dieciséis años a la que tenía que buscar y darle la noticia.  Me aventuré más adentro del palacio y encontré a la chica distraída jugando en un patio interior.   En mi mente buscaba las palabras adecuadas para que la noticia cayera menos pesada pero no era posible.  La senté en una banqueta y le dije: “Tu padre ha estado muy enfermo y el día de hoy a dado su ultimo respiro.  Lo siento”.  Ella miraba fijamente a mis ojos como queriendo atravesarlos y alcanzar las profundidades de mi alma.  Se encogió de hombros y empezó a jugar con sus pies.  Yo no sabía si el mensaje le había llegado o no: “¿Entendiste lo que dije?  Nuestro padre ha muerto”.   

De ser una desconocida adolescente pasó a ser mi media hermana.  Una que tengo en la vida real de la cuál sé su existencia y a la cuál he intentado conocer pero que no he logrado hacerlo.  Ella asintió con la cabeza sin decir nada y siguió jugando con sus pies.  

Me entró una gran cólera porque me parecía que o no se enteraba o realmente era una idiota.  Empecé a llorar de nuevo y el viento empezó a soplar más fuerte hasta provocar un escalofrío que me llegó hasta la espina dorsal.

En ese momento me desperté sobresaltada, temblando y llorando.  Me abracé a mi almohada y lloré por mucho rato en lo que me pasaba la mala sensación.  Hablé con mi mejor amiga y ella me ayudó a calmarme.  Pero no pude conciliar el sueño después de ello.

Los “intérpretes” de sueños que conozco me han dado varias versiones de lo que puede significar:  casamiento, progreso, dinero, cierre de un capítulo de mi vida, que viviré por muchos años o que mi padre vivirá por muchos años.

Yo de sueños no entiendo nada pero lo que si sé es que soñar algo tan intenso como ver a alguien a quien amas moribundo y luego que muere en tus brazos cuando nunca has tenido la experiencia, es algo fuera de lo común y te hace pensar mucho en tus seres queridos.

Te hace meditar de cuanto tiempo más estarán con vida, de qué sucederá cuando mueran, si estarás cerca o lejos.  Yo estoy al otro lado del mundo de todos mis seres queridos y eso me da menos posibilidades de verlos aún con vida cuando algo suceda.

Esto nos sucede a todos los que vivimos lejos.  En especial cuando llegamos a nuestros países y vemos que la gente ha envejecido, que está enferma o nos damos cuenta que nos estamos perdiendo los últimos años de vida de esas personas a las que tanto queremos.    Esto nos hace reflexionar si vale la pena vivir en el extranjero con mejor calidad de vida o si regresar, vivir pobre pero estar cerca de los seres queridos a los que amamos. 

Nunca me imaginé que llegaría el día en el que me plantearía regresar a mi tierra.   Llegar a pensar que aunque sé que en mi país hay criminalidad,  pobreza, paranoia y en el cuál es un desafío vivir día a día, prefiero vivir así que vivir en el extranjero segura y sin tener a mi familia cerca y gozar de ellos.   Es una paradoja confusa a la que hay que meditar bien antes de dar cualquier paso.  

Estoy segura que si tuviera hijos ni me lo pensaría y me quedaría acá donde estoy.  Pero sin hijos ¿Qué tengo que perder?  Si mi familia puede sobrevivir en mi tierra… ¿Por qué no puedo yo hacerlo también?

No he decidido nada pero esta pesadilla me ha hecho reflexionar sobre lo que realmente importa en mi vida.  Tengo ahora una espinita clavada.  

El desenlace de esta historia no se ha escrito todavía…

2 comentarios:

  1. He decidido pensar que pensaste en mi un poquito cuando escribiste esto. Un beso

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  2. SilviTa! Este si me Llego al alma! He pens ado mucho en mi abuelita en El Salvador, gracias! Es un dilemma!

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