miércoles, 9 de febrero de 2011

Mi Abuela Marta



Mi madre contaba que cuando mi abuela Marta tenía 17 años su padre le dijo que él tenía un candidato perfecto para que ella se casara al año siguiente, después de graduarse. Mi abuela se sorprendió de semejante propuesta ya que ella creía que los matrimonios arreglados ya no existían en sus modernos tiempos. Es más, ella tenía muchas amigas que tenían novios elegidos por ellas sin que sus padres interfirieran. Mi bisabuelo Carlos le dijo que el jóven era hijo del dueño de la fábrica de telas en la cuál trabajaba y que el dueño mismo le había hecho la propuesta después de haber visto a mi abuela Marta un día que iban a almorzar juntos. Eso significaba una promoción en el trabajo para él así que ella no le debía fallar. Mi abuela Marta sintió un retorcijón en el estómago y quizo gritarle que ni lo pensara pero ella le tenía mucho miedo y respeto a su padre así que no dijo nada. Mi bisabuelo Carlos era un hombre corpulento, de casi dos metros con unas manos y unos pies de gigante. Así que su presencia era bastante intimadora incluso para ella.

En ese tiempo era guapa mi abuela Marta, muy delgada, con finos ademanes, el cabello negro muy largo hasta la cintura, ojos de un negro intenso. Mi bisabuela decía que parecía una gitana. Mi abuela Marta tenía que recorrer cada día una hora de camino entre la casa y el Instituto de señoritas María Auxiliadora donde ella estudiaba. Ella había visto en varios de esos viajes en bus a un jóven delgado y guapo que se subía dos paradas más arriba que la casa de mi abuela. Intercambiaban miradas pero ni ella ni él se atrevían a hablar. A ella le volvían loca esos rulos negros que caían sobre el rostro. También la forma de mirarla con melancolía y deseo que hacían que sus ojos verdes fueran aún más intensos. Cada vez que sonreía sus dientes eran de una blancura tal, que parecía una sonrisa salida de los anuncios “Colgate”.

Ella sin querer se había enamorado de él y le escribía cartas de amor que guardaba en la caja de zapatos que escondía bajo su cama. No sabía tan siquiera su nombre pero cada día esperaba con ansia esos encuentros furtivos. Siempre salía de su casa a las 7 en punto porque su madre así la apuraba. Ella dejaba ir el bus de las 7:05 para tomar el de las 7:15 porque en ese siempre se subía el jóven aquél.

Asi que ese día de la noticia ella no sabía que hacer. Se sentó a escribirle una carta al jóven. Escribió unas líneas y no le parecieron. Arrugó el papel y lo botó al cesto de basura. Volvió a escribir algo en un papel nuevo y tampoco le gustó. Y lo volvió a arrugar y a botar al cesto de la basura. Así que el tercero se lo pensó bastante y escribió: Estaré a las 3 de la tarde en los campos de basquet. Espero verte. Marta

Al siguiente día muy nerviosa se levantó y ni quiso desayunar. Salió de su casa un poco más temprano pero como siempre esperó el bus de las 7:15. Se sentó en el último asiento vacío y esperó a ver si lo veía. Y como siempre el jóven se subió en la misma parada. Cruzaron sus miradas y una sonrisa tímida se dibujó en el rostro de ella. Pero había subido tanta gente en la misma parada aquella que él se perdió al final del autobús y ella no sabía cómo darle el papel. Esperó bastante agitada hasta llegar a la parada que estaba frente de la Biblioteca Nacional porque sabía que ahí se bajaba mucha gente y el autobús quedaría medio vacío. Al llegar a dicha parada, las personas empezaron a bajar y ella se paró y empezó a caminar hacia atrás. Lo encontró y precisamente a la par de él había un asiento vacío. Se sentó a la par de él y sentía cómo los nervios le recorrían todo el cuerpo. Temblaba mucho y no sabía si podía darle el papel. El no le dijo nada pero sabía que ella estaba ahí. No se vieron ni un sólo segundo pero los dos trataban de verse de reojo. Pasaron algunas paradas más y ya sólo faltaba una parada para llegar a la del Instituto. El corazón le palpitaba demasiado rápido y sentía que se desmayaba. Cuando se paró para bajar le dejó caer el papel encima del regazo pero notó que el papel recorrió por sus manos y cayó a sus pies.

Se maldijo por haber sido tan torpe, por no hacerlo con delicadeza. ¿Quién sabe si él lo había recogido y si iba a verlo esa tarde? Pasó toda la mañana en las clases como hipnotizada, dando vueltas a la cabeza de lo que podría haber pasado con el papel. ¿Lo habría recogido? ¿Se habría dado cuenta? Terminó el instituto y de regreso a casa. Nunca lo veía al regresar, siempre era en las mañanas, pero de todas maneras miraba a cuanta gente había en el autobús por si acaso.

Esa tarde mi abuela Marta fue a las canchas de basquet. Siempre iba con su amiga Elisa los martes y jueves así que no sería novedad para sus padres. Le contó todo a Elisa y Elisa muerta de la risa le decía que nadie en la vida pudo haber cometido semejante estupidez en un momento así. A mi pobre abuela Marta se le caía la cara de vergὓenza y le hacía perder cada vez más la esperanza de ver al jóven aquel en ese lugar.

Veinte minutos después de las tres ya se había desilucionado.  Creyó que él no iba a llegar. Se disponía a tirar una canasta cuando lo vió sentado en la banca de enfrente a la cancha. Casi no podía creerlo. Cuando le comentó a Elisa al oído no sabía bien como ir a hablarle. El había llegado con un amigo así que dejar a Elisa sóla no era problema. Elisa le dijo que iba a idear la forma de hablarles. Ella era más atrevida que mi abuela Marta. Así que con disimulo, según Elisa, y un poco más de descaro, tiró la pelota a los pies del jóven. Mi abuela Marta tenía que recogerla. Y así fue como mi abuela Marta empezó a hablarle a José Roberto. Y así fue cuando José Roberto y mi abuela empezaron a verse cada martes y cada jueves en las canchas de basquet. Y así fue como Elisa también empezó a verse con Rodrigo el amigo de él. Y así fue que cuando mi bisabuelo Carlos le presentó al hijo del dueño de la fábrica una tarde en la cuál para mi abuela nunca existió y ni siquiera se acordó de su nombre.

Un mes después se hizo novia de José Roberto, a escondidas de mis bisabuelos. Nunca olvidó aquel primer beso. Sentía que volaba sin tener alas. Sentía que el mundo era él y sólo él. Y así se escondían en cada rincón para besarse cada vez que pudieran. Pasaron los meses y llegó la graduación de mi abuela. El estuvo presente pero guardando la distancia para que mis bisabuelos no lo descubrieran. El se había graduado el mismo año y tenían muchos sueños y planes juntos. A ella hasta se le había olvidado la proposición de mi bisabuelo Carlos. No se había hablado más del tema desde la visita del jóven a la casa, así que ella había pensado que a lo mejor él se había arrepentido. Mejor para ella.

Pasaron unos dos meses más y ella ya tenía un trabajo como secretaria ejecutiva en una corporación financiera. José Roberto también había encontrado un trabajo como recepcionista de un hotel cinco estrellas. Mi bisabuelo Carlos le volvió a hablar a mi abuela Marta un viernes por la noche del hijo del dueño de la fábrica y le dijo que tenían que fijar la fecha de la boda en cuanto antes porque le urgía tener la promoción para tener más ingresos.

Cuando mi abuela escuchó semejante noticia sintió que su mundo se le vino abajo. Mi bisabuelo Carlos le dijo que le había ofrecido la vicepresidencia de la fábrica y que eso se concretaría al momento de que la boda se realizara. Una furia mezclada con miedo de no volver a ver a José Roberto se apoderó de ella y le gritó a mi bisabuelo Carlos que en esos tiempos ya no existían los matrimonios arreglados. Que ella no amaba al jóven aquél y no quería casarse de esa manera. En toda la casa rezonaron sus sollozos, gritos y lamentos y mi bisabuelo Carlos sorprendido de tal reacción le propinó una bofetada en la cara para calmarla, pero sólo consiguió que mi abuela Marta, consternada, se fuera a su habitación cerrándola de un golpe y sollozando como una desquiciada.

Y por más ruegos que hizo mi bisabuela Josefina para que Martita saliera de la habitación, no sucedió, ni ese día ni el día siguiente. Y mi bisabuela Josefina, tan menuda y flacucha como era, forzó la cerradura para abrir la puerta hasta lograrlo. Cuando la abrió se encontró con una habitación en desorden, vacía y triste. ¿Y a dónde se habrá ido Martita? preguntaba mi bisabuela Josefina, muy preocupada por ella. Y se armó tal escandalo en la casa, ya que no se sabía del paradero de mi abuela Marta. Buscaron primero en la casa de su amiga Elisa. Como no la encontraron ahí hicieron que Elisa llamara a todas las posibles amiguitas con las que ella pudiera estar. Esta tarea tomó bastante tiempo porque no todas las personas tenían teléfono en esos tiempos así que había que ir a las casas de ellas a preguntar. Y aunque Elisa sabía exactamente dónde se encontraba mi abuela Marta, no dijo ni una sola palabra.

Exhaustos mis bisabuelos de tanto revuelo fueron a la policía. La policía poco cooperativa les hizo una serie de preguntas y entre ellas les preguntaron: ¿Tiene su hija algún noviecillo a escondidas? Y cuando iban a contestar que no, los dos cayeron en cuenta en que si cabía la posibilidad de que así fuera. Empezaron a recordar que mi abuela Marta había cambiado su comportamiento en los últimos meses. Se empeñaba en arreglarse mucho cosa que no le había interesado antes. Mi bisabuela la cogió varias veces poniéndose el lápiz labial rojo que ella usaba sólamente en ocasiones especiales. Cantaba y bailaba en la casa como una enamorada y a veces se quedaba viendo a un punto fijo en la pared recordando algo sonriendo como una idiota. Cuando le preguntaban, ella siempre decía que algo gracioso había pasado en el Instituto y nadie preguntaba más.

Regresaron a su casa y mi bisabuela Josefina se fue directo a su habitación. Buscó en cada rincón hasta encontrar la caja de zapatos que había debajo de la cama y empezó a leer una por una las cartas que mi abuela le había escrito a un desconocido. Porque no aparecía el nombre de José Roberto en ninguna de ellas.

El lunes de la siguiente semana mis bisabuelos se presentaron al trabajo de ella esperanzados de verla ahí para darse cuenta que hasta eso había dejado. Y así pasaron horas, días y meses sin saber de su paradero.

Mi bisabuela Josefina lloraba desconsolada y soñaba con ella todas las noches. Mi bisabuelo Carlos se culpaba por haber sido tan tonto de pensar sólo en él a la hora de decidir con quién se casaba su hija.

Y después de un año exacto de la desaparición de mi abuela Marta, se presentó ella ante la puerta de su casa. Mi bisabuela Josefina al abrir la puerta se desmayó de la alegría de verla. Y mi bisabuelo Carlos entre consolar a su esposa y ver a su hija no sabía ni a donde poner toda su atención. Y unos minutos más tarde cuando mi bisabuela Josefina se recuperaba y los dos se serenaban se dieron cuenta que mi abuela Marta llevaba un bebé en brazos. A mis bisabuelos se les olvidó en ese momento los días de desdichas, de desconsuelo y de desilución para darle la bienvenida a su primer nieto.

Y después de que mi abuela Marta contara toda su historia de amor,  decidieron aceptar a José Roberto al final porque era un buen muchacho y además se había casado con mi abuela Marta para salvar su honor. Así que gracias a ello José Roberto es mi abuelo y ese primer nieto viene siendo mi papá, César. Gracias al amor de mi abuela Marta y mi abuelo José Roberto es que nosotros existimos y sabemos que el amor puede contra marea y viento.

2 comentarios:

  1. Ahhhhh que bonito final,los caminos de Dios nadie puede cambiarlos, las almas se juntan en su camino y florecen en su amor; como la de tus abuelos. Muy linda historia

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  2. Wow, la historia es real! que linda :)

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