domingo, 13 de febrero de 2011

El Amor no es como en los cuentos de hadas

Todo empezó un sábado por la noche, 19 años atrás, en aquél lugar.  Era una de las mejores discotecas de la ciudad.  Era la primera vez que podía legalmente entrar a una discoteca ya que acaba de cumplir mis 18 primaveras.  Así que un poco tímida, con mucho pintalabios y rímel, con un vestido negro muy ajustado y unos tacones muy altos también negros, fuí a conquistar aquella discoteca.  Decidí comenzar mi vida adulta con el pie derecho o con los dos pies:  Quería bailar. 

El interior era color rojo con tonos blancos y negros, butacas rojas cómodas rodeadas de cuadros abstractos que me hicieron recordar a los de Picasso. Piso de madera y una barra lujosa, larga y negra con botellas mil y secretos sin contar.  Los chicos de la barra eran dos jóvenes guapos y altos, vestidos de negro con sonrisas de porcelana.  Hacían bailotear las botellas con gracia y rapidez como en la película de Tom Cruise llamada Cocktail que por cierto cada vez que la recuerdo me hace tararear la canción de los Beach Boys “Kokomo” por días sin parar.

Pedí el cóctel llamado “Tequila Sunrise” ya que siempre me gustó el nombre y ver como la granadina va dejando una línea roja como borracho a su paso hasta tocar fondo.  Pusieron la canción de moda que era de los Hombres G y la de las Chicas Cocodrilo y yo fui sola a bailar a la pista de baile.  Nunca me importó el que dirán y menos si se trata de bailar.  Y después de los Hombres G, pusieron a Alaska y Dinarama con Como Pudiste Hacerme Esto a Mí y luego a La Unión con Ella es un Volcán.  Yo bailaba con la pajilla jugando entre mis dientes mientras mi paladar saboreaba el delicioso cóctel.  Al dar media vuelta lo ví en una esquina de la sala.   Eran los ojos cafés más penetradores que había visto jamás.  Estaba entre sombras y no podía ver bien su rostro.  Cuando me acerqué un poco más noté sus brazos fuertes y su camisa a cuadros naranja con rojo.  Tenía puestos unos jeans.  Su sonrisa era una mezcla de timidez con seguridad.  Sus ojos me devoraban de pies a cabeza y eso fue lo que más me llamó la atención de él. Tenía un tono triste en ellos como a la vez de desasosiego.  Le sonreí y seguí bailando disimulando mi curiosidad y mi deseo de hablarle. 

Se acercó y me dijo al oído: Me gusta como bailas.  Y así empezamos a bailar.  Noté que apenas se movía y me confesó que no le gustaba mucho bailar.  Me pregunté ¿por qué alguien va a una discoteca sin que le guste bailar?   Pero no me importó porque el cóctel ya se me estaba subiendo a la cabeza.  Como no estaba acostumbrada a beber me mareaba bastante rápido.  Bailamos unas dos horas sin parar.  En ese lapso de tiempo bebí dos cocteles más que me hicieron emborracharme.  Al final de la noche ya sabía que el chico aquel se llamaba Roberto y sabía toda su vida que realmente no era mucha cosa.  Tenía 20 años, se había graduado de bachiller, no estaba en la Universidad y no trabajaba.  Si me pongo a pensar en ello, no era el mejor partido, pero después de tres cócteles yo lo miraba como una super estrella.

Como cerraban la discoteca en ese momento salimos de ahí y me dijo:

-          Quiero que sepas que eres la chica más bella que he visto
-          Eso le dirás a todas - le contesté tambaleando de un lado al otro porque los tacones ya se me hacían muy altos e inseguros
-          Quiero verte de nuevo pero yo soy un peligro para tí – me siguió diciendo mientras me seguía viendo con esa mirada penetrante
-          ¿Por qué dices eso?- Le contesté
-          Por que soy un chico malo, una mala persona – Me dijo tomándome de la mano con suavidad

Yo acerqué mi cuerpo hacia él y tenía su boca a un centímetro de la mía.  Lo miré profundamente a los ojos y le dije:

-          Me gusta el peligro – Y lo besé.

Y ahí comenzo una de las relaciones más tormentosas que he tenido en mi vida.  Pasó un año entre te quieros, te odio, déjame en paz, regresa conmigo y no te quiero perder nunca.  Lloré como reí, sufrí como gozé, lo amé como lo odié.  Vi la gloria y vi el infierno.  Fui feliz como fui extremadamente infeliz.  Y nos separamos como regresamos tantas veces que ya ni sé cuántas fueron.  El era un chico guapo y lo sabía, además que era encantador y bastante sexy.   Las mujeres caían a sus pies.  Más de alguna vez me engañó con alguna pero me lloraba y suplicaba que regresara. Como yo no tenía mucha experiencia le aceptaba de nuevo.  Pero lo amé con locura como yo sé que el me amó a mí.  Nunca había experimentado tanto amor y después con el paso de los años jamás sentí la profundidad con la que lo amé a él.

Un día de lluvia en el crepúsculo de mi cumpleaños diecinueve, estaba llorando de nuevo en mi pequeña habitación.  Las lágrimas caían como las gotas de lluvia, lentas pero seguras.  Levanté la cabeza y ví mi rostro en el espejo.  Pude ver la tristeza y desolación de mi alma y me juré que no iba a llorar más por Roberto.   Que esa relación no me llevaba a ningún lado.  Tenía que continuar mi camino sin él.  Y ahí mismo terminó esa relación para siempre.

Pasaron dieciocho años sin saber de él.  Estuve con algunos hombres más, me gradué de la Universidad, me fui a vivir a Holanda, y estaba en una relación estable de cinco años, sin hijos y me sentía muy feliz con mi vida.  Regresé a mi país de visita como solía hacerlo cada dos años.  Fui con tres de mis amigas de toda la vida al café de siempre para cotillear de nuestras vidas y ponernos al día.  Era un día soleado de febrero y hacia muchísimo calor.  Siempre procuraba tomar las vacaciones en febrero ya que el clima es siempre al revés de Europa:  Mientras en Europa es invierno en Latinoamérica es verano.  Que belleza que ahora tengamos la gran habilidad de recorrer largas distancias en poco tiempo. Dios bendiga a los hermanos Wright, quienes fueron los que inventaron el aeroplano.

Y mientras mis amigas y yo hablabamos sin parar, casi a gritos, riéndonos de nuestras travesuras y contándonos todo,  sentí como que un rayo me partía.  El corazón me palpitaba rápidamente como que tuviera taquicardia. Me pusé muy nerviosa sin saber el por qué. Hasta llegué a pensar de que eran los primeros síntomas de un infarto.  Cuando estaba a punto de contarles a mis amigas lo que estaba sintiendo lo ví caminar enfrente mío.  Era Roberto, con su mismo andar pausado.  Con un poco de libras de más y con unas cuántas canas. Pero era un Roberto distinto al que yo conocí en el pasado.  No había ni tristeza ni desasosiego en su mirada más bien serenidad y paz.  Iba de la mano con una chica muy guapa, delgada con unas tetas envidiables y bastante risueña.  Se veía que lo idolatraba.

Lo ví pararse de repente frente a mi mesa a una distancia de tres metros.  Podría jurar que tuvo la misma sensación que yo de un rayo partiéndole por dentro.  Veía al suelo confundido y perdido.  Luego vió el rostro de su amada sin decir palabra y levantó la vista hacia donde yo me encontraba.  En ese primer segundo en el que dos mundos vuelven a colapsar se siente como que la tierra se abré de par en par y empiezan a salir una por una las memorias que refundiste en el último rincón de tu inconciente.  Los besos, los paseos, las sábanas perfumadas en la cama, las risas, los llantos, los cuerpos, los amigos, su ombligo, sus vellos, su olor.  ¡Todo!

Nos vimos sin decir palabra pero nos decíamos todo con la mirada.  Una de mis amigas me hizo una pregunta la cuál no contesté.  Al ver mi cara volteó a ver.  Mis tres amigas sabían quien era él.  Las otras dos me voltearon a ver para acto seguido verlo a él.  La acompañante de él, confundida, lo veía a él y me veía a mí sin saber muy bien que hacer. Le preguntaba ¿Quién es?  Y él no le respondía y seguía con su mirada fija en mí.

Como hipnotizada me levanté y empecé a caminar hacía él.  En todo el recorrido que me tomó dos minutos pero pareció de diez horas no nos dejamos de ver ningún instante.  Y las memorias seguían saliendo como si hubiera sido ayer. Un beso tierno en su pecho, mis dedos recorriendo su piel, un atardecer lluvioso en la cama, un por qué y para qué. Me paré enfrente de él y seguimos viéndonos por unos segundos más.  Muy dentro de mí volvía a sentir todo ese amor, toda esa locura que me atrajo aquella primera vez y que me hizo amarlo por diecinueve años. Que tonta, muy tarde me doy cuenta. Tenía ganas de tirármele encima, de morder sus labios, besarlo con locura y decirle cuánto lo seguía amando. 

Pero sólo atiné a decir:

-          Que gusto me da verte de nuevo - Le extendí la mano como se acostumbra en Holanda esperando su respuesta.
-          El gusto es mío - Dijo él abrazándome tímidamente sin saber muy bien como guardar la distancia para evitar lo inevitable.
-          Te presento a mi esposa Karla – Dijo él saliendo del encantamiento de nuestras miradas.
-          Mucho gusto – dije yo dándole un par de besos en las mejillas y maldecir el momento en el que él dijo que era su esposa.

Y así nos contamos brevemente nuestras vidas frente a la mirada penetrante de su esposa Karla.  Era evidente que los dos queríamos hablar más a profundidad de ciertas cosas, pero evitamos hacerlo por respeto a su esposa.  Y así pasaron cinco minutos hasta que el mesero les vino a avisar que su mesa estaba lista.  Nos despedimos como cualquier viejo amigo y ellos se dirigieron a su mesa y yo a la mía.

Mis amigas que no se habían perdido ni un solo instante de tal encuentro me preguntaban como me sentía. Habían notado un poco de incomodidad de parte de los dos y que no sabían como interpretarlo.

Yo les contesté viendo al vacío:

-          Me siento de nuevo enamorada, me siento de nuevo atrapada en su alma.  No quiero dejar de sentirme así.  Mi corazón se ha alegrado, me siento en paz, me siento feliz. Le quiero besar, le quiero acariciar y quiero decirle cuanto lo he extrañado. Pero nuestro reencuentro fue en el tiempo equivocado, como equivocada fue nuestra relación.  Lamentablemente chicas, el amor no lo es todo, y no siempre terminas  con un final como en los cuentos de hadas.  Será en otra vida, o será en otras vidas, pero en ésta no será jamás.  No se puede dañar a terceros tan sólo por querer amar. 

Y con esas palabras llamé al mesero y le pedí tres shots de tequila.  Teníamos que brindar por el amor que a veces la vida nos dá y que conservamos aunque no tengamos un final feliz.

10 comentarios:

  1. que relato mas bonito y triste, senti esa cosita en mi corazon, y pense en el primer novio, tu relato te involucra, te hace crecer la curiosidad de el que "Sigue!!!??", me envolvi en el. Muy bien Silvia me gusto mucho, ahora estoy en el trabajo pero me voy a leer el otro cuento.

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  2. Ivan Ramos
    Alguien dijo es una locura, es la vida...Muy dolorosa la historia, pero bella, de un amor impresionante, que parece eso, una historia, pero se que es la historia de muchos, y lamentablemente, bella historia, pero cuando de alguna manera es la propia, es la alegria inmenza de haberlo vivido, y el terrible dolor de haberla perdido...

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  3. No se puede dañar a terceros, solo por querer amar, dice en la historia, toda la razon, pero gran valor, por que el corazon se hace en mil pedazos, y se cree eso que solo son historias, pero algo si es verdad, el amor la vida no lo da, y aunque muramos tendremos que seguir cayando el gran amor que sentimos, para no dañar a terceros...

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  4. Amiga,.... quiero que Sepas que esa historia me toco mucho, ya que a mi me paso, y es muy duro y doloroso saber que sientes algo especial por alguien que esta comprometido... pero yo le dije a ese alguien que espero que si existen otras vidas como dicen,.... pueda que nos volvamos a encontrar y de nuevo empezar ......!!!!! Claudet

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  5. me encanto tu historia no pude dejarla de leer ni por un segundo.
    Deberias escribir un libro eres exelente escritora.

    ME ENCANTO TU LIBRO

    Espero que hagas otro :)

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    1. Hola Katheryn,

      Gracias por el comentario. No he publicado ningún libro todavía pero ya estoy en ello.

      Un abrazo!

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  6. holaa me encanta tus cuentos , yo tambien empece una relacion parecida

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    1. Muchas gracias! Espero que tu historia haya terminado mejor. Saludos

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  7. No se como decirlo in Espanol, lo siento: You write full force and without compromise, me encanta.

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