lunes, 11 de junio de 2012

Bajo la lluvia de Paris






Había encontrado el café ideal en Paris.  Era un café de esquina que tenía unas seis mesas en una terraza adornada con flores, a pesar de estar ubicada en una calle peatonal.  Desde mi mesa se miraba solo un costado de la Torre Eiffel pero siempre imponente y orgullosa.  En el fondo se escuchaba a la melancólica canción de Edith Piaf “La Vie en Rose” (la vida en rosa). 

Me senté y pedí un café y un bocadillo y empecé a escribir las postales atrasadas. 

Había una brisa misteriosa esa mañana que despejaba mi rostro de cabellos rebeldes.  En ese momento recordé que me había despertado con un sobresalto.  Tenía un presentimiento de que algo iba a suceder pero no sabía que era.

Al decir un “merci” (gracias) distraída mientras recibía el café y los bocadillos, seguía escribiendo las postales cuando escuché que alguien llamaba por mi nombre:  “ ¿Mónica?” 

Al ver hacia la dirección de donde venía la voz me estremecí al verlo.  Era él.  Con su misma sonrisa, su nariz respingada, sus ojos seductores, su andar pausado, sus labios sensuales y delgados.  Era como si el tiempo se hubiera detenido en él.  Se miraba igual que hacia 15 años atrás.  

Mis ojos no podían creer lo que veían.  Parecía una ilusión.  ¿Cuántas veces no había soñado un rencuentro con él?  ¿Pero en Paris?  Jamás.  Se sentó enfrente mío mientras mis labios secos y enmudecidos se remojaban con saliva para poder recobrar el aliento.  El también parecía sorprendido.  Nos vimos a los ojos reconociéndonos y me tomó de la mano.

Mi mano temblorosa sintió la de él y los recuerdos empezaron a fluir en mi memoria: La primera vez que lo ví y me enamoré de él al tropezar en las escaleras y casi caerle encima, su risa entre tímida y sensual, cuando mi mano rozó la suya por primera vez y sentí aquellas cargas eléctricas recorrer todo mi ser, nuestro atardecer  bajo la lluvia jugando entre los charcos, mi carro descompuesto a media noche y nosotros riéndonos sin saber que hacer, sabernos en la misma casa pero no en el mismo cuarto y las ganas de -a escondidas- encontrarnos, las huidas a la Antigua Guatemala para amarnos por toda una noche, pero sobre todo recordaba sus besos.  Esa manera de besarnos que parecía como si le hubiéramos robado esos besos al universo y temíamos que el tiempo se nos acabaría antes de terminarlos.

Después de un par de minutos que parecieron eternos le llamé por su nombre:  ¿Claude? Y me asintió con la cabeza.  Ahí caí en cuenta que era lógico que estuviera en Paris.   Por su ascendencia francesa era posible que estuviera visitando a algún familiar.

Mientras su mano todavía acariciaba la mía, nos preguntamos que hacíamos precisamente en esa esquina de una calle parisina.  Me contó que vivía en Paris desde hacia 8 años atrás.  Yo le conté que solo estaba de visita pero que vivía a tan solo 4 horas de Paris, en Ámsterdam.

Las casualidades de la vida nos trajo a los dos a este lado del continente habiéndonos conocido, amado y dejado a 10,000 kilómetros de distancia.

El y yo habíamos tenido una relación intensa pero a la vez tormentosa.  Había sido intensa por lo que vivimos, porque nos amamos con locura, nuestros besos y caricias era infinitos, charlábamos de planes futuros y reíamos.  Sobre todo reíamos mucho.  Éramos felices en los pocos momentos que logramos estar juntos.  Fue tormentosa porque para amarnos tuvimos que dejar las relaciones que teníamos en ese momento y las personas afectadas se pusieron de acuerdo para destruir nuestro amor.  Nos acosaron, nos atacaron pero sobre todo, lograron su objetivo y nos separaron.  Si no hubiera sido por ellos creo que todavía estaríamos juntos.

Me contó que era casado y que tenía dos hermosos niños.  Se había casado con la misma chica que nos hizo separarnos.  

Al contarme esto sentí una punzada en el corazón.  Como hubiera querido que el destino hubiera sido otro y que por casualidad hubiéramos sido nosotros los que termináramos casándonos.

Me dio alegría de saber que todavía estaban juntos.  A lo mejor yo había sido una piedra en el camino para su felicidad aun sabiendo que lo que tuvimos fue verdadero y apasionado.  ¡Cuánto abracé su recuerdo en mis noches solitarias y frías! Despertaba de mis pesadillas mencionando su nombre y sollozando su partida.
Pero había algo en su mirada que me decía que no era feliz.  A pesar de que habían pasado tantos años, todavía lo conocía tan bien como para saber que me estaba mintiendo con cada palabra que me decía para parecer que si lo era.  Tenía una tristeza incrustada en el alma que se reflejaba en  sus ojos claros aunque sus gestos querían decir lo contrario.

Dejándome llevar por mis impulsos, le interrumpí y le dije:  “ ¡Para por favor! Sé que me estás mintiendo” para arrepentirme de inmediato.  Me vio desconsolado y se paró.  Me dijo que se tenía que ir y sin despedirse se fue.  Quería ir tras de él y besarlo como antes pero me sentía tan perpleja con la reacción de él al marcharse de esa manera que me quedé clavada en la silla.  

Al hablar con él no me había dado cuenta que el cielo se había cargado de nubes grises y que la brisa había cambiado por un viento frío.  Al pedir la cuenta empezó a llover.  Me quedé sentada en la mesa hasta terminar de pagar.  No me importaba mojarme.  Necesitaba la lluvia para salir de mi estupor por lo que acababa de pasar.  La tinta en las postales que acababa de escribir empezó a hacer caminos serpentinos hacia el mantel blanco.

Al levantarme para irme la lluvia ya había acrecentado.  Caminé hacia la dirección contraria en la que Claude se fue dirigiéndome hacia la Torre Eiffel.  Había dado diez pasos cuando de repente sentí un jalón en el brazo que me hizo voltear para encontrarme con Claude a escasos centímetros de mí.  Estábamos tan cerca que podía sentir su aliento confundiéndose con el mío.  Me veía a los ojos con una desesperación tal que sentía que me veía a mi misma en un espejo.  Nuestros labios se encontraron de nuevo con aquella pasión de antaño. Le estábamos robando un beso más al universo.  Después de algunos minutos se separó y  me acarició  el rostro con ambas manos.  Me sonrió mientras nuestras lágrimas se confundían con la lluvia.  Nos abrazamos tan fuerte que parecía que nuestros cuerpos se habían pegado para siempre.  Luego se marchó por donde había venido mientras yo lo veía partir hasta que su silueta desapareciera por completo.

Nunca más lo volví a ver.  

5 comentarios:

  1. Yo tambien he tenido ese tipo de encuentros de amores del pasado (aunque no en el bucólico París), preguntarme que hubiera pasado si... En esos momentos que el recuerdo del amor pasado todo lo embriaga... bellos, bellísimos momentos entregado, no al recuerdo del sentimiento pasado, sino al propio sentimiento en si.
    Seguro que todo ello tiene una explicación cientifica, pero eso se lo dejo para los que no saben apreciar una buena historia y soñar hacia atras.
    Bonita y compartida historia.

    Merci et a bientot

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  2. ¡Hola Silvia!
    Gusto de saludarte desde Guatemala. Te agradezco el comentario sobre el cuento "Ahora que te encuentro". Tiene bastante relación con el tuyo. Muy bonita la narración de "tu encuentro". Creo que todos llevamos esos encuentros en el alma. Muy agradable leerte. Te participo este poema que está muy asociado a la temática. Un abrazo.

    Minoldo.

    TREINTA AÑOS:

    Hoy después de tantos años,
    te vi,
    te vi en esa joven mujer
    que la vida me puso
    ante los ojos,
    esa tarde de febrero.
    Febrero loco
    y los que padecen de amor
    un poco.

    Hoy te vi, te vi
    como hace treinta años
    y te juro que me turbé,
    no lo podía creer:
    el mismo corte de pelo,
    el mismo perfil
    que una vez adoré,
    la misma nariz
    y hasta podría jurar
    que los mismos aretes
    que lucías, esa mañana
    al despedirte de mí.

    Hoy te vi,
    como si el tiempo
    no hubiera pasado,
    como si ese tiempo
    se hubiera detenido
    aprisionando mi alma
    a un recuerdo
    que no quiere terminar.

    Te vi, te vi.
    La misma sonrisa de ángel,
    la misma mirada penetrante,
    acentuada por esa sombra natural
    que tenían tus ojos
    el día que te marchaste.

    Te vi
    y al verte en esa joven
    supe que aún vives en mí,
    en esa estampa del ayer
    que guarda mi corazón
    y que en mi mente
    se resiste a morir.

    Creí, aquella mañana
    de octubre cuando,
    nos dijimos adiós,
    que ese adiós era
    para toda la vida
    sin embargo no fue así,
    pues muchos años han pasado
    y aún sigo pensando en ti.

    Han sido treinta años
    y nunca te fuiste,
    te quedaste
    en mi mente,
    en mi corazón,
    en mi alma dormida.
    Y aunque tu ser
    se alejó de mi,
    mi vida la paso
    pensando en ti.

    Hoy al mirar
    en el tiempo hacia atrás
    esos mágicos recuerdos
    de lo que fue mi vida,
    nada importa lo que ha pasado
    ni lo que has vivido,
    ni siquiera con quien estás
    porque se que nunca te fuiste
    que siempre estuviste cerca,
    aquí junto a mi corazón.
    Y quién sabe,
    y saberlo tú, no podrás,
    si aún te lleve conmigo
    por treinta años más.

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    1. Mi estimado Minoldo,

      Me quedé muy curiosa de saber quién era Cóndor y me alegro que hayas revelado tu identidad. ¿De casualidad eres el mismo que escribió Pies de Lana? Leí ese cuento hace un tiempo atrás. Buenísimo también.

      Estuve chequeando tus blogs y ninguno ha sido escrito recientemente. Me encantaría ver más de tu obra. O... ¿por qué no escribimos algo juntos?

      Gracias por el poema. Es hermoso. Me gustó mucho "Ahora que te encuentro" porque yo acababa de escribir este. Son bellos los reencuentros cuando hubo tanto sentimiento.

      Un abrazo y gracias por leerme.

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    2. ¡Hola Silvia! Gusto de saludarte. Sabes me gusta escribir sobre todo, poesía, cuentos, historias de la vida, de lo que observo y también literatura matemática, como cuentos o novelitas matemáticas. Lo hago porque me gusta y si puedo compartirlo mejor. Escribo sobre todo, porque como dijera Ortega y Gasset: "Uno es uno y su contexto". Bastante de la poesía que he escrito está en Poesiaguatemalteca.com. Ahora estoy publicando cuentos. Pero ya que leíste Pie de Lana, te recomiendo"Evita Y Nicanor en Numerolandia". Lo encuentras en PDF para descargar en www.divulgamat.net. Si fueras tan amable de sacarme de una duda: ¿Dónde leíste Pie de Lana? También podemos intercambiar temas sobre los que escribimos y si podemos pues publicamos algo juntos que es una magnífica idea. Me gustaría intercambiar impresiones contigo sobre mis escritos por si tu tiempo te lo permite: Mi correo es minold@hotmail.com. Gracias por tu deferencia y seguimos en contacto.

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  3. Hay amores que no se olvidan, pero con el paso del tiempo nos damos cuenta que los "claudes" no nos hubiesen hecho felices.Son solo espejismos que nada tienen que ver con la realidad.Lo digo por experiencia.Muy buena historia

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