jueves, 8 de marzo de 2012

La Espera...


Esta vez fue en forma de mensaje:  “Te cuento que tu abuelo está en el hospital”.   Otra vez el suspenso, otra vez el miedo, otra vez la incertidumbre si me voy o no ahora mismo al aeropuerto y me compro un boleto de última hora a mi país.  

La vía más corta para ir a Guatemala desde Amsterdam es  Nueva York , Houston o Miami.  Y digo corta pero en realidad es larga:  Lo menos que me puedo tardar son 17 horas.  Cada vez que recibo este tipo de mensajes o llamadas lo primero que hago es ver a como están los precios del pasaje para irme inmediatamente.  También veo cuanto dinero tengo en el banco.   Si no tengo lo suficiente entonces ya sé que tengo que hablar con mi pareja en caso de emergencia.

Pero espero...pacientemente espero.  Puede ser una llamada falsa o no puede serlo.  Nunca se sabe.  Me preocupo, no me puedo concentrar en otra cosa que no sea en ello.   Y ahí van las miles de llamadas que le hago a mi familia que está en Guatemala, los miles de cafés que me tomo, las preocupaciones y pensamientos sin fin que me atacan.

Pasan las horas mientras escucho el tic tac del reloj a cada segundo.  Siento que toda mi vida estuviera en suspenso.   No puedo hacer nada más que esperar.  Ver si mi abuelo se recupera y si no, ver si tengo que partir de emergencia.

Esta experiencia me sucede unas dos o tres veces al año.   Mi mayor temor es que la cosa se agrave y cuando yo me encuentre en camino mi abuelo llegara a morir y que yo no llegue a tiempo para despedirme.   Que cuando llegue ya estén velándolo y yo no haya podido decirle lo que le amaba.  Es el sacrificio por tener que vivir estando lejos de mi tierra.  Por eso procuro decirle que le amo cada vez que hablamos por teléfono.
Estoy conciente de que mi abuelo está muy anciano.  Ochenta y cinco años. También sé que en cualquier momento puede suceder una desgracia.  Pero aunque uno sepa estas cosas jamás se puede preparar el alma para la partida de nuestros seres queridos.

La espera provoca sentimientos de impotencia, de preocupación, de desesperación, de angustia, pero sobre todo de esperanza.

Esperanza a que Dios nos dé un poco más de tiempo .  Esperanza de que lo peor no sucederá y de que todo volverá a ser normal y esa persona querida siga con vida.  O esa persona se recupere y no tenga que sufrir más. 

Despues de unas horas me entero que mi abuelo ha sido operado de emergencia.   El páncreas, el higado e intestinos también salieron involucrados.  

Me sorprendí de saber que aguantó la operación.   Hace un par de años lo ví por última vez y me preocupé por su estado físico.  Parecía una pasa: arrugadita, pequeñita y fragil.   Recuerdo aquel hombre robusto que fue en años anteriores.  Siempre contento, siempre bien vestido, con muchas historias interesantes y además muy inteligente.  Con el tiempo ha quedado ciego, muy calvo y arrugado.  Vive de mal humor y pareciera que le molesta la vida.

A veces actúa como niño:  hace berrinches, dice cosas hirientes, no quiere comer o beber algo.  Mi abuela que es una santa le tiene una paciencia eterna.  

Pero todavía conserva algunas cosas de su personalidad.  Sigue contando historias interesantes aunque ahora las repite cien veces.   En sus días buenos también está de muy buen humor y puede contar chistes divertidos.
Así que si hace dos años me preocupé por su estado físico ¿Cómo estará ahora? 

Mi sexto sentido me advierte que vaya ahora mismo a Guatemala.  Aunque lo peor ya pasó,  que era el ser operado, siento que tengo que ir inmediatamente.   Hablo con mis superiores en el trabajo y consigo permiso para irme, llamo a mi pareja y le comunico mi decisión.

El como buen holandés y  buen analítico me advierte que a lo mejor estoy tomando una decisión alocada o por impulso.  Me dice que me espere a que mi abuela me dé más noticias y que a lo mejor pueda ir en otra ocasión de visita, sin preocupaciones de hospitales, enfermedades, operaciones, etc.

Yo le digo que no.  Que sé que mi familia me necesita en ese momento y que tengo que ir.  Después de que le dije esto con una firmeza descomunal  titubeo unos minutos después.  Pero algo me dice que estoy tomando la decisión correcta.

Arreglo un vuelo para el siguiente día y trato de concentrarme en el trabajo cuando mi pensamiento está más en largarme lo más pronto posible.

Después de un largo día cuando estoy haciendo los últimos preparativos para el viaje, llamo a mi abuela para darle la noticia y al preguntar por mi abuelo me dice que ha sufrido una Hemorragia Cerebral.

Entre todo no me doy cuenta de la gravedad del asunto, hasta horas después cuando ya tengo listo todo y me dedico a prepararme para dormir.   ¿Dijo hemorragia cerebral?  ¿Qué tan grave puede ser eso?

No puedo dormir pensando en ello.  Me despierto a las 5 de la mañana y lo primero que hago es ir a la computadora a aprender que es hemorragia cerebral.    Nada de lo que leo es alentador.  En el mejor de los casos, la parte dañada del cerebro no le permitirá que haga algo como hablar, caminar o moverse.

Mi corazón en ese momento se llena de angustia.   ¿Serán sus últimos días? ¿Quedará paralítico? ¿Cómo va a hacer mi abuela para cuidarlo?

Estando en el vuelo hacia Houston que tarda casi 12 horas muchas dudas me asaltan.  De lo que si estoy segura es de que tomé la decisión correcta de ir a Guatemala inmediatamente.

Amo a a ese viejito bello.  El es un amor a pesar de que los años lo han puesto muy cascarrabias. 

Cuando era más joven solía pintarme los labios de rojo con la sola razón de dejárselos marcados en la cabeza calva.  El me regañaba y me decía que no lo volviera hacer y yo siempre lo hacia.  La última vez que fui a Guatemala me dijo que extrañaba eso de mí.  Como respuesta, antes de irme, le dejé marcados cinco besos.

También me recuerdo de lo elegante que se vestía para salir.  Siempre bien peinado, arreglado y perfumado.  Cuando empezó a usar bastón le regalé uno que compré en el mercado de pulgas de Amberes, Bélgica.  Es un bastón de madera del cuál el agarrador, de metal  amarillo, es una cabeza de león rugiendo.  Lo único del bastón es que se podía desarmar en tres partes de las cuáles una era al terminar la cabeza de león y donde se escondía un tubo de vidrio.  Según me explicaron los que me lo vendieron era para ocultar ahí un cigarro cubano.  Quién sabe si era cierto.

Llego a Guatemala y me dedico a ayudar a mi abuela a ir al hospital, a hablar con los doctores,  a cuidar de mi abuelo.  Pasamos con mi abuela días y noches en vela y con mucho stress.  Ella también está viejita y necesita mucho apoyo.  Gracias a Dios no hubieron consecuencias de la Hemorragia Cerebral aunque su estado es delicado.

Estos días en Guatemala han sido los días más recompensadores de mi vida.  Es esencial recordar que no hay nada como apoyar a la familia cuando se necesita y brindar lo mejor de uno para que ellos sientan que tienen soporte para seguir adelante.  Mi abuelo se está recuperando despacio pero bien.  Mi abuela está más tranquila de saber que alguien más está con ella. Y yo siento que esta vez fue mejor no esperar sino que actuar.  

A veces debemos guiarnos por nuestro instinto y hacer lo que creemos que sea lo mejor. 







2 comentarios:

  1. Que linda historia Silvia. Me alegro que tu abuelo se esté recuperando bien y que este viaje te haya dejado llena de satisfacción. Definitivamente hay que actuar y apoyar a la familia. Para tu abuela fué definitivamente una gran bendición tenerte a su lado.

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  2. Silvia, aqui en Holanda son las 9:30 am y yo ya estoy llorando en la oficina con tu post (nadie me ha visto ;) yo habria hecho lo mismo y tambien habria tenido unas 20 horas de viaje, que bien que se este recuperando satisfactoriamente..Muy bueno lo de los besos.FABI

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