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lunes, 11 de julio de 2011

Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde



Estoy en un mar de confusión y no sé que hacer.  Yo que siempre tengo la respuesta a todo, que sé lo que quiero y cómo lo quiero.  Esta vez estoy confundido. 

Me considero un tipo normal, aunque soy muy ambicioso.  No sé por qué pero desde muy temprana edad me prometí tenerlo todo.  Y tengo una casa bellísima en uno de los mejores barrios de la ciudad, tengo un carro, tengo una moto, dinero guardado en el banco.  En mi trabajo tengo uno de los mejores puestos y mis jefes aprecian mi trabajo con bonos considerables.

Lo tengo todo... menos a ella.  La tuve si ¡Vaya si no fue mía! Ella me lo dio todo.  Pero creo que ese fue su error.  No había cosa que no le pidiera que ella no me lo diera.  Además me apoyaba en todos mis caprichos y me dejaba realizar mis sueños.  Nunca me dijo que dejara de hacer algo.  Además siempre estuvo cuidándome cuando me enfermaba como nadie.  También cuando  me agarraban depresiones y malos humores, era ella la única que me soportaba.  Quizás ser tan buena conmigo fue su mayor error.  Yo la tomé a la ligera.  Juré que ella se iba a quedar conmigo para siempre.  Así que no aprecié lo que me daba.  Me burlé de ella varias veces.  Tuve amores clandestinos que durmieron en la misma cama en la que ella me adoraba.  Y la desprecié y de qué manera.  Cuando ella todo me lo entregaba yo la deshechaba como basura.  Me daba lástima verla llorar por mí pero sabía que si le decía un par de palabras dulces, ella volvía a sonreír y quedarse ahí como que si nada.  Así que lo volvía a hacer.  Por diversión quizás o por malicia.  La verdad no lo sé.

A la hora de hacer el amor la entrega de ella era total, me hacía llegar al éxtasis. Con el tiempo uno se acostumbra a los besos, a las caricias y a la manera de hacerlo y eso fue lo que me pasó a mí.  Me aburrí.  Y en lugar de apreciar la manera de ella de amar cada rincón de mi cuerpo, de acariciar cada uno de mis secretos y de adorar cada momento en la intimidad, no le presté atención y alejaba mi mente en otros momentos y en otras caricias. 

Y mientras pasaba el tiempo más la despreciaba.  Más nos alejábamos el uno del otro.  Hasta llegó al punto que su presencia me estorbaba.  Creía que no la necesitaba y no sabía cómo decirle que ya no quería nada con ella.  Y un día de muchos, ella me sorprendió con su partida.  Me dijo que me amaba pero más se amaba a si misma y me dejó ahí sin más.  Lo que yo tanto había buscado lo había logrado pero en lugar de sentirme aliviado o feliz me quedé pasmado, confundido.  Creí que ella me amaba tanto como para aceptar mis estupideces sin darme cuenta que lo que hacía era fortalecerla y hacerla apreciarse más a si misma y despreciarme a mí.

Después de seis meses de esa despedida todavía sueño con ella.  La añoro y la amo.  No puedo dormir porque si lo hago la sueño.  Si la veo por ahí mi corazón da un vuelco de ciento ochenta grados.  En especial porque la veo feliz sin mí.  La veo tranquila y serena.  No quiero que eso suceda, quiero que sea feliz sólamente conmigo.  Quiero demostrarle lo que la amo pero a la vez me entra un gran miedo.  Miedo de volverme a comportar como el idiota de ayer.  Miedo a hacerle daño de nuevo.  Miedo a jugar de nuevo con sus sentimientos.

Así que acá estoy echo un manojo de nervios, meditabundo, sólo.  Ni siquiera puedo fijarme en otras chicas porque siento que la estoy traicionando.   Vivo día y noche pensando en ella, no puedo comer, no puedo divertirme y todas las cosas que me hacían feliz antes ahora sólo me deprimen.   Me cuesta concentrarme en el trabajo, mi rendimiento ha cambiado.

Sueño con los momentos en que nos haciamos el amor.  En su manera de mirarme y acariciarme.  En esa entrega total que no he encontrado en ninguna otra. Todas esas cosas que en su momento desprecié ahora viven en mi memoria como raíces de un árbol: encrustadas profundas en mis recuerdos robándole suspiros  al viento.  Cómo sueño con tan sólo tenerla en mis brazos otra vez.

Y ahora me doy cuenta de la mujer que ella es.  Una mujer real sin miedo a demostrar lo que siente, con tanto amor para dar.  Y yo de estúpido no lo pude apreciar en su momento.  Lo desprecié y desperdicié como un tonto.  Ahora sueño con una mirada suya, una caricia o tan sólo una sonrisa.

No sé cuanto tiempo estaré así.  No sé si algún día lograré sacármela de la cabeza.  A veces me pregunto que haría ella si le pidiera que regresara conmigo.  Estoy demasiado confundido para hacer algo así que mejor me quedo acá sin ella, llorándola, amándola, soñándola, adorándola.

lunes, 9 de mayo de 2011

Doblemente Feliz


Es algo tan maravilloso ser abuela por primera vez.  Una nietecita.  ¿Quién lo hubiera imaginado?  Hace 30 años en este mismo día nació mi hija.  Que casualidad que las dos nacieron un 9 de mayo.  ¡Que gran regalo para el día de las madres! 

Recuerdo cuando ví a mi hija por primera vez.  Era tan menuda, tan rosadita, no lloraba casi nada.  Sólo si tenía mucha hambre pegaba sus buenos alaridos.  Luego verla crecer, era una niña muy flaquita, con el cabello largo rubio y esos ojos llenos de curiosidad y de dulzura.  Era muy despierta y le gustaba investigar de todo.  Las primeras veces fueron las mejores: caminar, sonreir, correr, decir “mama” me hizo llorar. Leía mucho y le gustaba jugar con barbies.  Parece que fue ayer cuando llegó a la adolescencia.  La plática más difícil para mí fue explicarle sobre el sexo.  Ella preguntaba sin parar. Cada vez que enfermaba gravemente no dormía de la pena.  Estuve al lado de ella día y noche.  Su primer raspón, el cambio de dientes, cuando se quebró su mano. Luego verla convertirse de niña a mujer poco a poco.  Recuerdo el día que me confesó que se había enamorado por primera vez.  Ella se arreglaba mucho para llamar la atención del chiquillo aquel.  Lamentablemente no le funcionó y el chiquillo se hizo novio de otra niña.  Su primer corazón roto.  Lloró en mis brazos por horas.  Cómo quise quitarle el dolor y sufrir por ella pero nada podía hacer.  

Luego su graduación.  Cuando decidió irse a vivir al campus de la Universidad se me partió el corazón.  Me preocupaba mucho por ella ya que sé lo peligroso que es para una mujer joven y sola andar por ahí.  Que equivocada estaba.  Seguro no sé de muchas cosas que hizo pero se supo cuidar y estudió para graduarse con honores.  Me presentó varios novios, algunos me simpatizaron y otros no.  Pero cuando conoció a Tomás, el padre de mi nieta, supe que él era el hombre para ella.  La manera que la mira, como la cuida, como la protege, me hizo verla a través de sus ojos y darme cuenta que él se había enamorado de una mujer de éxito, trabajadora, buena hija, entusiasta e inteligente.

Cuando me llamó para contarme que Tomás le pidió la mano me hizo la mujer más feliz del mundo.  No hay nada más maravilloso que saber que tu hija va a estar en buenas manos, que la van a cuidar tanto o mejor que la cuidaste tú. 

Cuando me confesó que estaba embarazada yo no cabia de la alegría.  Viví con ella los 9 meses de embarazo con tanto entusiasmo como yo viví el mío.  Me alegro tanto que seamos buenas amigas y pueda compartir con ella todo esto.

Y ahora con mi nieta en brazos, que es tan menudita, tan delicada como lo fue mi hija, me hace sentirme la abuela más orgullosa del mundo. Nunca creí que me diera tanta alegría tener una nieta que fuera tan perfecta como lo es mi hija.  Que fuera doblemente dichosa y feliz. 

Ver a mi hija cómo cuida a mi nieta y cómo ha asumido su papel de madre tan naturalmente me da mucha alegría.  Espero en Dios que todas las madres tengan esa satisfacción con sus hijos. 

El lazo entre madre e hijos nadie lo puede romper.  Cuando pasa el tiempo algunas relaciones se rompen o cambian pero lo que una madre siente por sus hijos jamás.  



¡Feliz Día de las Madres!  Espero que todas las madres que lean este pequeño cuento sean felices y dichosas de tener hijos tan maravillosos.  Que Dios las bendiga y las cuide.

lunes, 4 de abril de 2011

Juegos y Juguetes de la Infancia

Mi primer recuerdo de la infancia es la araña.  Esa armazón en la que colocan a los niños para que se arrastren por toda la casa cuando no pueden caminar todavía.  El mío era blanco con dibujos de colores rojo, morado, rosado y azul.  Enfrente de mí habían unas bolitas de colores que daban vueltas sobre sí y se movían de un lado al otro.   Pero a mí no me interesaban las bolitas.  A mí lo que me interesaba era la distancia que podía recorrer y sin ayuda de mis padres. Apenas tenía un año y un par de meses. Corría de un lado al otro conociendo mis límites. 

Un día quise ir al patio de afuera.  Lo único entre él y yo era una silla desvencijada de madera que mi mamá ponía atravesada para que no pasara.  Ese día mi mamá no había asegurado la silla y yo noté que al hacer cierto movimiento la silla se empujaba a un lado dejándome pasar.  Me aseguré de que mi madre no me viera y seguí haciendo el movimiento hasta lograr moverla completito y darle paso a mi araña.  Lo que yo no sabía a tan temprana edad era que mi mamá hacía eso para evitar que me cayera de la grada que había desde la casa hasta el patio.  Asi que ¡Plungún!  Adiós a mis cuatro dientes delanteros y hola a la primera experiencia de golpes ganada en la vida.  Fui sholca (sin dientes) hasta los siete años.

Mi segundo gran descubrimiento fue dos años más tarde con el famoso Big Wheel. Era como una motocicleta de color rojo amarillo y azul con llantas anchas una adelante y dos atrás.  Recuerdo que le decía a mi madre:  ¡Voy a jugar con mi Bijuil! Y recorría incansable de un lado al otro el patio que no era tan grande.  Como quería yo a mi Bijuil.  Lo usé hasta que ya mis piernas no podían darle vueltas más porque estaban demasiado largas. 

Jugaba también con los cochinitos.  Esos animalitos grises que eran pequeñitos y se hacen una bolita al tocarlos.  Me encantaba tirar las bolitas de cochinitos a mis amigos de la cuadra.

Y mi árbol... ¡Como olvidarme de él!  Ese árbol frondoso de ramas acogedoras y muchas hojas verdes. Por la manera que había crecido el tronco, yo podía subir y sentarme muy cómodamente escondida entre sus ramas.  Nadie podía verme.  Tenía unas flores pétalos rojos bien abiertos.  El árbol tenía una fruta parecida a un frijol gigante, sólo que de color café.  Si se destripaba la fruta entre mis manos salía una agua ligosa.  Solía pasar tardes enteras en ese árbol tirando al que pasaba las frutas.  A las personas que les caía volteaban a ver sin divisarme en mi escondite y yo, a punto de soltar la carcajada.

Cuando entré al colegio aprendí todos los juegos de moda.  Estaban los famosos yax ( que eran unas estrellas de colores y una bola pequeña).  Uno jugaba de recoger primero solo uno, luego dos, luego tres, y así sucesivamente al momento de rebotar la bola en el suelo. Así que el método era: Tirar la bola al aire, recoger el yax mientras la bola caía y recoger la bola sin que volviera a tocar el suelo. El objetivo del juego era no botar ningún yax y no rebotar la bola dos veces.  Ese juego jugabamos incansablemente en todos los años que estuve en la Primaria.

Cuando teníamos siete u ocho años jugábamos el famoso Arranca Cebollas.  Una de las chicas se aferraba a un poste mientras que todas se ponían en fila en la parte de atrás de la chica agarradas a la cintura.  La última chica se encargaba de tirar y tirar hasta que lograba que alguna de las chicas no aguantara más la fuerza y esa chica más todas las de detrás, caían al suelo desparramadas y más de alguna se ganaba un raspón.

Durante toda mi niñez mi juego favorito fue El Escondite.  Un niño o niña contaba del uno al diez con los ojos cerrados y los demás niños nos escondíamos en diferentes sitios.  Luego ese niño o niña iba buscándonos a todos y al primero que encontrara era al que le tocaba contar en el siguiente turno pero aún así tenía que encontrarlos a todos.  Yo estudié mi primaria en el Liceo Francés, un colegio sólo para mujeres ubicado en una casa considerada como patrimonio cultural ya que en esa casa se había firmado el acta de la Indepencia de Guatemala en 1821.  Esa casa era demasiado grande, con muchos escondrijos, pasadizos secretos y muchas habitaciones sin usar.  Se decía que habían túneles por debajo de la casa que comunicaban al Palacio Nacional que quedaba a dos cuadras de distancia.   Nunca lo pudimos comprobar.  Un día me puse a jugar a la hora del recreo El Escondite con mis compañeras.  Tenía mucho sueño porque no había dormido bien la noche anterior.  Tendría más o menos once años de edad.  Le tocó a una de mis compañeras contar hasta diez y yo me escondí en una habitación que tenía muchas cajas con cosas por todos lados y atrás de la habitación había un ropero antiguo de dos metros de altura por dos metros de ancho.  Decidí acomodarme en el ropero entre la ropa y estaba tan cómoda que me quedé dormida.  Mi compañera que contaba empezó a buscar a todas y me buscó por todos lados y llamó mi nombre incansablemente pero no me encontró.   

Cuando tocaron el timbre para que entráramos a clases todas entraron menos yo.  La maestra puso a cinco de mis compañeras a buscarme y después de una hora no me habían encontrado.  Cuando se empezaban a preocupar por mi paradero, aparezco yo muy soñolienta, desaliñada y con el pelo alborotado.  Por dormirme me gané el castigo de estar parada en el patio bajo el sol, por el resto de la mañana.

Puedo seguir contando muchos más juegos y juguetes de mi niñez pero estos son los más representativos.  Yo considero que no importa cuan dura, suave, triste, pobre, rica, alegre, fugaz o extraña fue la niñez para cada quién, más de algún juego o juguete se quedará en la memoria para siempre y si nos volvieramos a topar con ese juego o juguete, el niño que llevamos dentro despertará por un momento y volveremos a vivirlo como en el pasado.  Así que... ¡A jugar todo el mundo!

lunes, 21 de febrero de 2011

El Reencuentro

Me acuerdo de esa tarde en el que llegó Miguel. Las hojas de los árboles bailaban al son del viento y las golondrinas afilaban sus picos en las ramas como cuchillos en la chaira.   Yo estaba sentada a la par de su madre, Doña Fidelia, meciéndonos con la brisa dulce, tejiendo como las arañas tejen sus enredaderas.

Miguel partió una mañana de septiembre diez años atrás.  No dejó testimonio  del por qué, ni el para qué, ni el a dónde.  Se marchó como se marchan los marineros que se embarcan al mar, sin dejar rastro y sin saber cuando regresarán. 

Su madre solía recordarlo con una canción triste llamada “Déjame Llorar”.  ¿Por qué se fué?  Se preguntaba elaborando mil historias en sus sueños rotos.  El día en que él partió, ella le preparó el desayuno como siempre solía hacerlo.  Charlaron de lo que el día les deparaba y escucharon las noticias en la desvencijada radio con el mismo locutor vago. El se despidió con un beso desabrido como el pan, sin ella saber que ese había sido el último detalle nulo de su presencia.  Ella vivía recordándolo como se recuerda la primera caricia que robó tu inocencia.

Corrían los rumores como corrientes de agua en los cuáles se decía que Miguel había partido en un avión a Buenos Aires, Argentina. Que andaba recorriendo los Andes en el tren marchito. Que caminaba por los despolvorientos caminos que lo llevaron a Bariloche, cabalgaba con gracia felina por las Pampas y remaba en las heladas corrientes de la Isla Grande de Tierra del Fuego.

Decían las malas lenguas que Miguel quiso escribirle a su madre pero no lo hizo por dejarle una huella profunda en el corazón.  Para hacerle recordar que él no era como su padre que le debía de honrar y cuidar para toda la vida sino el hijo que debía de vivir sin tener que ocuparse de una vieja inútil como el zapato desgastado y agujereado. También decían que él se llegó a casar en Mendoza.  Que el día de su boda fué tan grande y popular que el alcalde de la ciudad le dió un cargo importante a Miguel en la municipalidad.

Doña Fidelia sollozaba en los brazos de su esposo José todos los días, pero él murió un año después de la partida de Miguel.  Dicen que la tristeza le entró como puñalada en el corazón y por eso le dió ese paro cardiaco que se lo llevó al paraiso. No le quedó otra a la pobre de Doña Fidelia que compartir sus amargas lágrimas con la almohada que cada noche la acompañaba en su soledad.

Pero llegó Miguel como forastero polvoriento en esa tarde calurosa de agosto, con su andar pausado y sereno.  Su madre solía planear su reencuentro que dibujaba en su mente como el artista en un lienzo:  con cuidado, con todo detalle, sin perder nada. Pero cuando Miguel llegó esa tarde ella estaba de espaldas a la oxidada puerta y no frente a ella como creyó en sus sueños.  Estaba acurracada en la misma mecedora donde solía contarle cuentos a Miguel de niño. Relinchaba la mecedora con cada movimiento débil. Nos encontrabamos charlando de ilusiones ciegas mientras atesorábamos la puesta de sol. Doña Fidelia se encontraba serena y ambigua como siempre.  Tenía puesto su delantal de rosas desentonadas que contrastaba con el fondo azul de su vestido.  Sus canas rítmicas se enredaban en los zurcos de su arrugado rostro.  Él se acercó lentamente y se sentó a la par de ella en el banquito de madera donde debiera estar la limonada.  Estuvieron sentados mucho rato sin hablar, sin mirarse a los ojos. Yo observaba de reojo la escena sin saber que hacer.  En silencio los tres escuchabamos el canto gregoriano del viento.  Después de unos minutos Miguel dijo: “Los atardeceres siguen siendo los mismos de siempre”.  Doña Fidelia no lo volteó a ver, tan sólo contestó: “Sigue siendo el mismo sol de siempre”.  Y los tres observábamos como el sol perezosamente desaparecía tras la cordillera.  Yo pensaba que éste no era el reencuentro que Doña Fidelia tantas veces me confió ilusionada y profunda, pero no dije nada.  El sol seguía poniéndose, el viento seguía cantando y nosotros seguíamos en silencio observando como se transformaba la escena.   Y así cayó la noche y empezaron a brotar como luciérnagas cada una de las estrellas.  Después de una hora que pareció eterna Doña Fidelia se levantó con esfuerzo de la mecedora y sin decir una palabra caminó lerdo y pausado hacia la casa.  Miguel la siguió sigiloso y yo me quedé meditabunda y quieta.

domingo, 13 de febrero de 2011

El Amor no es como en los cuentos de hadas

Todo empezó un sábado por la noche, 19 años atrás, en aquél lugar.  Era una de las mejores discotecas de la ciudad.  Era la primera vez que podía legalmente entrar a una discoteca ya que acaba de cumplir mis 18 primaveras.  Así que un poco tímida, con mucho pintalabios y rímel, con un vestido negro muy ajustado y unos tacones muy altos también negros, fuí a conquistar aquella discoteca.  Decidí comenzar mi vida adulta con el pie derecho o con los dos pies:  Quería bailar. 

El interior era color rojo con tonos blancos y negros, butacas rojas cómodas rodeadas de cuadros abstractos que me hicieron recordar a los de Picasso. Piso de madera y una barra lujosa, larga y negra con botellas mil y secretos sin contar.  Los chicos de la barra eran dos jóvenes guapos y altos, vestidos de negro con sonrisas de porcelana.  Hacían bailotear las botellas con gracia y rapidez como en la película de Tom Cruise llamada Cocktail que por cierto cada vez que la recuerdo me hace tararear la canción de los Beach Boys “Kokomo” por días sin parar.

Pedí el cóctel llamado “Tequila Sunrise” ya que siempre me gustó el nombre y ver como la granadina va dejando una línea roja como borracho a su paso hasta tocar fondo.  Pusieron la canción de moda que era de los Hombres G y la de las Chicas Cocodrilo y yo fui sola a bailar a la pista de baile.  Nunca me importó el que dirán y menos si se trata de bailar.  Y después de los Hombres G, pusieron a Alaska y Dinarama con Como Pudiste Hacerme Esto a Mí y luego a La Unión con Ella es un Volcán.  Yo bailaba con la pajilla jugando entre mis dientes mientras mi paladar saboreaba el delicioso cóctel.  Al dar media vuelta lo ví en una esquina de la sala.   Eran los ojos cafés más penetradores que había visto jamás.  Estaba entre sombras y no podía ver bien su rostro.  Cuando me acerqué un poco más noté sus brazos fuertes y su camisa a cuadros naranja con rojo.  Tenía puestos unos jeans.  Su sonrisa era una mezcla de timidez con seguridad.  Sus ojos me devoraban de pies a cabeza y eso fue lo que más me llamó la atención de él. Tenía un tono triste en ellos como a la vez de desasosiego.  Le sonreí y seguí bailando disimulando mi curiosidad y mi deseo de hablarle. 

Se acercó y me dijo al oído: Me gusta como bailas.  Y así empezamos a bailar.  Noté que apenas se movía y me confesó que no le gustaba mucho bailar.  Me pregunté ¿por qué alguien va a una discoteca sin que le guste bailar?   Pero no me importó porque el cóctel ya se me estaba subiendo a la cabeza.  Como no estaba acostumbrada a beber me mareaba bastante rápido.  Bailamos unas dos horas sin parar.  En ese lapso de tiempo bebí dos cocteles más que me hicieron emborracharme.  Al final de la noche ya sabía que el chico aquel se llamaba Roberto y sabía toda su vida que realmente no era mucha cosa.  Tenía 20 años, se había graduado de bachiller, no estaba en la Universidad y no trabajaba.  Si me pongo a pensar en ello, no era el mejor partido, pero después de tres cócteles yo lo miraba como una super estrella.

Como cerraban la discoteca en ese momento salimos de ahí y me dijo:

-          Quiero que sepas que eres la chica más bella que he visto
-          Eso le dirás a todas - le contesté tambaleando de un lado al otro porque los tacones ya se me hacían muy altos e inseguros
-          Quiero verte de nuevo pero yo soy un peligro para tí – me siguió diciendo mientras me seguía viendo con esa mirada penetrante
-          ¿Por qué dices eso?- Le contesté
-          Por que soy un chico malo, una mala persona – Me dijo tomándome de la mano con suavidad

Yo acerqué mi cuerpo hacia él y tenía su boca a un centímetro de la mía.  Lo miré profundamente a los ojos y le dije:

-          Me gusta el peligro – Y lo besé.

Y ahí comenzo una de las relaciones más tormentosas que he tenido en mi vida.  Pasó un año entre te quieros, te odio, déjame en paz, regresa conmigo y no te quiero perder nunca.  Lloré como reí, sufrí como gozé, lo amé como lo odié.  Vi la gloria y vi el infierno.  Fui feliz como fui extremadamente infeliz.  Y nos separamos como regresamos tantas veces que ya ni sé cuántas fueron.  El era un chico guapo y lo sabía, además que era encantador y bastante sexy.   Las mujeres caían a sus pies.  Más de alguna vez me engañó con alguna pero me lloraba y suplicaba que regresara. Como yo no tenía mucha experiencia le aceptaba de nuevo.  Pero lo amé con locura como yo sé que el me amó a mí.  Nunca había experimentado tanto amor y después con el paso de los años jamás sentí la profundidad con la que lo amé a él.

Un día de lluvia en el crepúsculo de mi cumpleaños diecinueve, estaba llorando de nuevo en mi pequeña habitación.  Las lágrimas caían como las gotas de lluvia, lentas pero seguras.  Levanté la cabeza y ví mi rostro en el espejo.  Pude ver la tristeza y desolación de mi alma y me juré que no iba a llorar más por Roberto.   Que esa relación no me llevaba a ningún lado.  Tenía que continuar mi camino sin él.  Y ahí mismo terminó esa relación para siempre.

Pasaron dieciocho años sin saber de él.  Estuve con algunos hombres más, me gradué de la Universidad, me fui a vivir a Holanda, y estaba en una relación estable de cinco años, sin hijos y me sentía muy feliz con mi vida.  Regresé a mi país de visita como solía hacerlo cada dos años.  Fui con tres de mis amigas de toda la vida al café de siempre para cotillear de nuestras vidas y ponernos al día.  Era un día soleado de febrero y hacia muchísimo calor.  Siempre procuraba tomar las vacaciones en febrero ya que el clima es siempre al revés de Europa:  Mientras en Europa es invierno en Latinoamérica es verano.  Que belleza que ahora tengamos la gran habilidad de recorrer largas distancias en poco tiempo. Dios bendiga a los hermanos Wright, quienes fueron los que inventaron el aeroplano.

Y mientras mis amigas y yo hablabamos sin parar, casi a gritos, riéndonos de nuestras travesuras y contándonos todo,  sentí como que un rayo me partía.  El corazón me palpitaba rápidamente como que tuviera taquicardia. Me pusé muy nerviosa sin saber el por qué. Hasta llegué a pensar de que eran los primeros síntomas de un infarto.  Cuando estaba a punto de contarles a mis amigas lo que estaba sintiendo lo ví caminar enfrente mío.  Era Roberto, con su mismo andar pausado.  Con un poco de libras de más y con unas cuántas canas. Pero era un Roberto distinto al que yo conocí en el pasado.  No había ni tristeza ni desasosiego en su mirada más bien serenidad y paz.  Iba de la mano con una chica muy guapa, delgada con unas tetas envidiables y bastante risueña.  Se veía que lo idolatraba.

Lo ví pararse de repente frente a mi mesa a una distancia de tres metros.  Podría jurar que tuvo la misma sensación que yo de un rayo partiéndole por dentro.  Veía al suelo confundido y perdido.  Luego vió el rostro de su amada sin decir palabra y levantó la vista hacia donde yo me encontraba.  En ese primer segundo en el que dos mundos vuelven a colapsar se siente como que la tierra se abré de par en par y empiezan a salir una por una las memorias que refundiste en el último rincón de tu inconciente.  Los besos, los paseos, las sábanas perfumadas en la cama, las risas, los llantos, los cuerpos, los amigos, su ombligo, sus vellos, su olor.  ¡Todo!

Nos vimos sin decir palabra pero nos decíamos todo con la mirada.  Una de mis amigas me hizo una pregunta la cuál no contesté.  Al ver mi cara volteó a ver.  Mis tres amigas sabían quien era él.  Las otras dos me voltearon a ver para acto seguido verlo a él.  La acompañante de él, confundida, lo veía a él y me veía a mí sin saber muy bien que hacer. Le preguntaba ¿Quién es?  Y él no le respondía y seguía con su mirada fija en mí.

Como hipnotizada me levanté y empecé a caminar hacía él.  En todo el recorrido que me tomó dos minutos pero pareció de diez horas no nos dejamos de ver ningún instante.  Y las memorias seguían saliendo como si hubiera sido ayer. Un beso tierno en su pecho, mis dedos recorriendo su piel, un atardecer lluvioso en la cama, un por qué y para qué. Me paré enfrente de él y seguimos viéndonos por unos segundos más.  Muy dentro de mí volvía a sentir todo ese amor, toda esa locura que me atrajo aquella primera vez y que me hizo amarlo por diecinueve años. Que tonta, muy tarde me doy cuenta. Tenía ganas de tirármele encima, de morder sus labios, besarlo con locura y decirle cuánto lo seguía amando. 

Pero sólo atiné a decir:

-          Que gusto me da verte de nuevo - Le extendí la mano como se acostumbra en Holanda esperando su respuesta.
-          El gusto es mío - Dijo él abrazándome tímidamente sin saber muy bien como guardar la distancia para evitar lo inevitable.
-          Te presento a mi esposa Karla – Dijo él saliendo del encantamiento de nuestras miradas.
-          Mucho gusto – dije yo dándole un par de besos en las mejillas y maldecir el momento en el que él dijo que era su esposa.

Y así nos contamos brevemente nuestras vidas frente a la mirada penetrante de su esposa Karla.  Era evidente que los dos queríamos hablar más a profundidad de ciertas cosas, pero evitamos hacerlo por respeto a su esposa.  Y así pasaron cinco minutos hasta que el mesero les vino a avisar que su mesa estaba lista.  Nos despedimos como cualquier viejo amigo y ellos se dirigieron a su mesa y yo a la mía.

Mis amigas que no se habían perdido ni un solo instante de tal encuentro me preguntaban como me sentía. Habían notado un poco de incomodidad de parte de los dos y que no sabían como interpretarlo.

Yo les contesté viendo al vacío:

-          Me siento de nuevo enamorada, me siento de nuevo atrapada en su alma.  No quiero dejar de sentirme así.  Mi corazón se ha alegrado, me siento en paz, me siento feliz. Le quiero besar, le quiero acariciar y quiero decirle cuanto lo he extrañado. Pero nuestro reencuentro fue en el tiempo equivocado, como equivocada fue nuestra relación.  Lamentablemente chicas, el amor no lo es todo, y no siempre terminas  con un final como en los cuentos de hadas.  Será en otra vida, o será en otras vidas, pero en ésta no será jamás.  No se puede dañar a terceros tan sólo por querer amar. 

Y con esas palabras llamé al mesero y le pedí tres shots de tequila.  Teníamos que brindar por el amor que a veces la vida nos dá y que conservamos aunque no tengamos un final feliz.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Mi Abuela Marta



Mi madre contaba que cuando mi abuela Marta tenía 17 años su padre le dijo que él tenía un candidato perfecto para que ella se casara al año siguiente, después de graduarse. Mi abuela se sorprendió de semejante propuesta ya que ella creía que los matrimonios arreglados ya no existían en sus modernos tiempos. Es más, ella tenía muchas amigas que tenían novios elegidos por ellas sin que sus padres interfirieran. Mi bisabuelo Carlos le dijo que el jóven era hijo del dueño de la fábrica de telas en la cuál trabajaba y que el dueño mismo le había hecho la propuesta después de haber visto a mi abuela Marta un día que iban a almorzar juntos. Eso significaba una promoción en el trabajo para él así que ella no le debía fallar. Mi abuela Marta sintió un retorcijón en el estómago y quizo gritarle que ni lo pensara pero ella le tenía mucho miedo y respeto a su padre así que no dijo nada. Mi bisabuelo Carlos era un hombre corpulento, de casi dos metros con unas manos y unos pies de gigante. Así que su presencia era bastante intimadora incluso para ella.

En ese tiempo era guapa mi abuela Marta, muy delgada, con finos ademanes, el cabello negro muy largo hasta la cintura, ojos de un negro intenso. Mi bisabuela decía que parecía una gitana. Mi abuela Marta tenía que recorrer cada día una hora de camino entre la casa y el Instituto de señoritas María Auxiliadora donde ella estudiaba. Ella había visto en varios de esos viajes en bus a un jóven delgado y guapo que se subía dos paradas más arriba que la casa de mi abuela. Intercambiaban miradas pero ni ella ni él se atrevían a hablar. A ella le volvían loca esos rulos negros que caían sobre el rostro. También la forma de mirarla con melancolía y deseo que hacían que sus ojos verdes fueran aún más intensos. Cada vez que sonreía sus dientes eran de una blancura tal, que parecía una sonrisa salida de los anuncios “Colgate”.

Ella sin querer se había enamorado de él y le escribía cartas de amor que guardaba en la caja de zapatos que escondía bajo su cama. No sabía tan siquiera su nombre pero cada día esperaba con ansia esos encuentros furtivos. Siempre salía de su casa a las 7 en punto porque su madre así la apuraba. Ella dejaba ir el bus de las 7:05 para tomar el de las 7:15 porque en ese siempre se subía el jóven aquél.

Asi que ese día de la noticia ella no sabía que hacer. Se sentó a escribirle una carta al jóven. Escribió unas líneas y no le parecieron. Arrugó el papel y lo botó al cesto de basura. Volvió a escribir algo en un papel nuevo y tampoco le gustó. Y lo volvió a arrugar y a botar al cesto de la basura. Así que el tercero se lo pensó bastante y escribió: Estaré a las 3 de la tarde en los campos de basquet. Espero verte. Marta

Al siguiente día muy nerviosa se levantó y ni quiso desayunar. Salió de su casa un poco más temprano pero como siempre esperó el bus de las 7:15. Se sentó en el último asiento vacío y esperó a ver si lo veía. Y como siempre el jóven se subió en la misma parada. Cruzaron sus miradas y una sonrisa tímida se dibujó en el rostro de ella. Pero había subido tanta gente en la misma parada aquella que él se perdió al final del autobús y ella no sabía cómo darle el papel. Esperó bastante agitada hasta llegar a la parada que estaba frente de la Biblioteca Nacional porque sabía que ahí se bajaba mucha gente y el autobús quedaría medio vacío. Al llegar a dicha parada, las personas empezaron a bajar y ella se paró y empezó a caminar hacia atrás. Lo encontró y precisamente a la par de él había un asiento vacío. Se sentó a la par de él y sentía cómo los nervios le recorrían todo el cuerpo. Temblaba mucho y no sabía si podía darle el papel. El no le dijo nada pero sabía que ella estaba ahí. No se vieron ni un sólo segundo pero los dos trataban de verse de reojo. Pasaron algunas paradas más y ya sólo faltaba una parada para llegar a la del Instituto. El corazón le palpitaba demasiado rápido y sentía que se desmayaba. Cuando se paró para bajar le dejó caer el papel encima del regazo pero notó que el papel recorrió por sus manos y cayó a sus pies.

Se maldijo por haber sido tan torpe, por no hacerlo con delicadeza. ¿Quién sabe si él lo había recogido y si iba a verlo esa tarde? Pasó toda la mañana en las clases como hipnotizada, dando vueltas a la cabeza de lo que podría haber pasado con el papel. ¿Lo habría recogido? ¿Se habría dado cuenta? Terminó el instituto y de regreso a casa. Nunca lo veía al regresar, siempre era en las mañanas, pero de todas maneras miraba a cuanta gente había en el autobús por si acaso.

Esa tarde mi abuela Marta fue a las canchas de basquet. Siempre iba con su amiga Elisa los martes y jueves así que no sería novedad para sus padres. Le contó todo a Elisa y Elisa muerta de la risa le decía que nadie en la vida pudo haber cometido semejante estupidez en un momento así. A mi pobre abuela Marta se le caía la cara de vergὓenza y le hacía perder cada vez más la esperanza de ver al jóven aquel en ese lugar.

Veinte minutos después de las tres ya se había desilucionado.  Creyó que él no iba a llegar. Se disponía a tirar una canasta cuando lo vió sentado en la banca de enfrente a la cancha. Casi no podía creerlo. Cuando le comentó a Elisa al oído no sabía bien como ir a hablarle. El había llegado con un amigo así que dejar a Elisa sóla no era problema. Elisa le dijo que iba a idear la forma de hablarles. Ella era más atrevida que mi abuela Marta. Así que con disimulo, según Elisa, y un poco más de descaro, tiró la pelota a los pies del jóven. Mi abuela Marta tenía que recogerla. Y así fue como mi abuela Marta empezó a hablarle a José Roberto. Y así fue cuando José Roberto y mi abuela empezaron a verse cada martes y cada jueves en las canchas de basquet. Y así fue como Elisa también empezó a verse con Rodrigo el amigo de él. Y así fue que cuando mi bisabuelo Carlos le presentó al hijo del dueño de la fábrica una tarde en la cuál para mi abuela nunca existió y ni siquiera se acordó de su nombre.

Un mes después se hizo novia de José Roberto, a escondidas de mis bisabuelos. Nunca olvidó aquel primer beso. Sentía que volaba sin tener alas. Sentía que el mundo era él y sólo él. Y así se escondían en cada rincón para besarse cada vez que pudieran. Pasaron los meses y llegó la graduación de mi abuela. El estuvo presente pero guardando la distancia para que mis bisabuelos no lo descubrieran. El se había graduado el mismo año y tenían muchos sueños y planes juntos. A ella hasta se le había olvidado la proposición de mi bisabuelo Carlos. No se había hablado más del tema desde la visita del jóven a la casa, así que ella había pensado que a lo mejor él se había arrepentido. Mejor para ella.

Pasaron unos dos meses más y ella ya tenía un trabajo como secretaria ejecutiva en una corporación financiera. José Roberto también había encontrado un trabajo como recepcionista de un hotel cinco estrellas. Mi bisabuelo Carlos le volvió a hablar a mi abuela Marta un viernes por la noche del hijo del dueño de la fábrica y le dijo que tenían que fijar la fecha de la boda en cuanto antes porque le urgía tener la promoción para tener más ingresos.

Cuando mi abuela escuchó semejante noticia sintió que su mundo se le vino abajo. Mi bisabuelo Carlos le dijo que le había ofrecido la vicepresidencia de la fábrica y que eso se concretaría al momento de que la boda se realizara. Una furia mezclada con miedo de no volver a ver a José Roberto se apoderó de ella y le gritó a mi bisabuelo Carlos que en esos tiempos ya no existían los matrimonios arreglados. Que ella no amaba al jóven aquél y no quería casarse de esa manera. En toda la casa rezonaron sus sollozos, gritos y lamentos y mi bisabuelo Carlos sorprendido de tal reacción le propinó una bofetada en la cara para calmarla, pero sólo consiguió que mi abuela Marta, consternada, se fuera a su habitación cerrándola de un golpe y sollozando como una desquiciada.

Y por más ruegos que hizo mi bisabuela Josefina para que Martita saliera de la habitación, no sucedió, ni ese día ni el día siguiente. Y mi bisabuela Josefina, tan menuda y flacucha como era, forzó la cerradura para abrir la puerta hasta lograrlo. Cuando la abrió se encontró con una habitación en desorden, vacía y triste. ¿Y a dónde se habrá ido Martita? preguntaba mi bisabuela Josefina, muy preocupada por ella. Y se armó tal escandalo en la casa, ya que no se sabía del paradero de mi abuela Marta. Buscaron primero en la casa de su amiga Elisa. Como no la encontraron ahí hicieron que Elisa llamara a todas las posibles amiguitas con las que ella pudiera estar. Esta tarea tomó bastante tiempo porque no todas las personas tenían teléfono en esos tiempos así que había que ir a las casas de ellas a preguntar. Y aunque Elisa sabía exactamente dónde se encontraba mi abuela Marta, no dijo ni una sola palabra.

Exhaustos mis bisabuelos de tanto revuelo fueron a la policía. La policía poco cooperativa les hizo una serie de preguntas y entre ellas les preguntaron: ¿Tiene su hija algún noviecillo a escondidas? Y cuando iban a contestar que no, los dos cayeron en cuenta en que si cabía la posibilidad de que así fuera. Empezaron a recordar que mi abuela Marta había cambiado su comportamiento en los últimos meses. Se empeñaba en arreglarse mucho cosa que no le había interesado antes. Mi bisabuela la cogió varias veces poniéndose el lápiz labial rojo que ella usaba sólamente en ocasiones especiales. Cantaba y bailaba en la casa como una enamorada y a veces se quedaba viendo a un punto fijo en la pared recordando algo sonriendo como una idiota. Cuando le preguntaban, ella siempre decía que algo gracioso había pasado en el Instituto y nadie preguntaba más.

Regresaron a su casa y mi bisabuela Josefina se fue directo a su habitación. Buscó en cada rincón hasta encontrar la caja de zapatos que había debajo de la cama y empezó a leer una por una las cartas que mi abuela le había escrito a un desconocido. Porque no aparecía el nombre de José Roberto en ninguna de ellas.

El lunes de la siguiente semana mis bisabuelos se presentaron al trabajo de ella esperanzados de verla ahí para darse cuenta que hasta eso había dejado. Y así pasaron horas, días y meses sin saber de su paradero.

Mi bisabuela Josefina lloraba desconsolada y soñaba con ella todas las noches. Mi bisabuelo Carlos se culpaba por haber sido tan tonto de pensar sólo en él a la hora de decidir con quién se casaba su hija.

Y después de un año exacto de la desaparición de mi abuela Marta, se presentó ella ante la puerta de su casa. Mi bisabuela Josefina al abrir la puerta se desmayó de la alegría de verla. Y mi bisabuelo Carlos entre consolar a su esposa y ver a su hija no sabía ni a donde poner toda su atención. Y unos minutos más tarde cuando mi bisabuela Josefina se recuperaba y los dos se serenaban se dieron cuenta que mi abuela Marta llevaba un bebé en brazos. A mis bisabuelos se les olvidó en ese momento los días de desdichas, de desconsuelo y de desilución para darle la bienvenida a su primer nieto.

Y después de que mi abuela Marta contara toda su historia de amor,  decidieron aceptar a José Roberto al final porque era un buen muchacho y además se había casado con mi abuela Marta para salvar su honor. Así que gracias a ello José Roberto es mi abuelo y ese primer nieto viene siendo mi papá, César. Gracias al amor de mi abuela Marta y mi abuelo José Roberto es que nosotros existimos y sabemos que el amor puede contra marea y viento.