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lunes, 18 de julio de 2011

Garífuna de Corazón

Mi hermano Ricardo, que también viene siendo mi jefe me recalca lo importante de mi papel en la empresa.  Que diez días en los que debí trabajar  y me los pasé perdido en las playas del Caribe son diez días desperdiciados.  ¿Qué sucedió con mi sentido de responsabilidad? 

Y mientras continúa su sermón y yo asiento de vez en cuando, mi mente me lleva de nuevo a esa playa perdida en Livingston, un pueblo de Guatemala que se encuentra en el Caribe.  Todavía siento el aroma de Coco mezclado con aceite y sal que envuelve al ambiente.

Yo sólamente iba por un fin de semana.  Ibamos con amigos a pasar un buen rato y a conocer el lugar.  Primero fuimos en carro desde la capital hasta un Pueblo llamado Río Dulce.  Y de ahí en una embarcación por el Río del mismo nombre.  Que bello lugar.  Lleno de vegetación tropical mezclada con ninfas acuáticas y aguas cristalinas.  Se respiraba aire puro mezclado con la sensualidad del trópico.

Llegamos a Livingston y nos llevamos una sorpresa.  En Guatemala hay gente morena de todas las tonalidades pero en Livingston la gente es de raza negra.  El ambiente es ambiguo, entre estilo Bob Marley jamaiquino mezclado con lo exótico caribeño y africano.  Las personas que viven ahí llevan una vida muy relajada.  Nos hospedamos en el mejor hotel y estuvimos un par de horas en la piscina nadando.  Luego nos dirigimos a un restaurante que fue recomendado por un amigo nuestro.  Yo probé una sopa típica del lugar llamada Tapado que son mariscos con plátano y leche de coco.


Mis amigos comieron camarones y pescado frito.  Estábamos llenos y contentos y nos dirigimos a la discoteca del lugar. 

La música era muy singular, aprendimos que a la gente del lugar se le llama Garífuna y tienen su música que es una especie de reguetón mezclado con música africana. 


¡Cómo movían las mujeres sus caderas!  Nunca he visto un movimiento tan sensual y rápido a la vez.  Con qué facilidad hacían esos movimientos que nunca pensé que existieran.  Y mientras observábamos los ritmos y danzas de los Garífunas mis ojos se posaron en una chica que acababa de entrar a la discoteca.  Una bella princesa Garífuna de unos 22 años delgada de ojos chispeantes llenos de energía.  Al verme que yo la observaba en lugar de hacerse la difícil o la muy fácil se me quedó viendo y empezó a mover las caderas también al ritmo de la música.  Me quedé como estatua de sal al ver esos movimientos tan graciosos, su mirada posada en mí, como retándome a demostrarle lo que yo podía hacer.  Como tengo dos pies izquierdos y no soy nada bueno para el ritmo ¿Qué podía hacer?  Lo único que se me facilita es bailar pegado.  Así que me llene de coraje y le tomé de la mano firme pero delicadamente y la pegué a mi.  Ella dejó de mover las caderas y me siguió con pasos suaves y firmes.  Se adaptó a mi cuerpo y formamos uno solo.

Pasamos toda la noche bailando y hablando.  Supe que su nombre era Flor.  Que trabajaba en la recepción de un hotel pero que ese día empezaba una semana de vacaciones.  No estoy exagerando pero esa noche me enamoré.  Me enamoré de su piel oscura, de su olor a coco, de su sexy naturalidad.  De más está decir que esa noche la pasamos juntos.  Nos unimos en besos y caricias incontrolables. 

Al siguiente día yo no podía irme de regreso y dejarla así.  A último momento les dije a mis amigos que no me regresaba y que quería quedarme unos días más.  Flor me dijo que ella no podía estar conmigo en el pueblo por el que dirán, que teníamos que salir de ahí, así que nos fuimos caminando por la playa.  Caminamos como dos kilómetros y entre palmeras y arena me señalo una casa.  Era un hotel que era nuevo y tenía unas cabañas. No había nada más en los alrededores.  Así que alquilé una cabaña y nos quedamos ahí por las siguientes ocho noches. 



Nuestro día consistía en bañarnos en el mar, hacernos el amor, descansar juntos en la hamaca, platicar de nuestras vidas y comer las delicias que la señora del hotel nos preparaba cada día.  Nunca he comido tanto camarón, tanto pescado, tanto coco. Me hice adicto al pan de coco del lugar.  Por las noches bebíamos con los dueños del lugar y otros huéspedes del hotel.  A veces ponían música Garífuna y Flor y la dueña junto con las señoritas de limpieza se ponían a bailar.  Luego contábamos las estrellas desde la hamaca y yo le regalaba algunas de ellas. Nos dirigíamos a nuestra cabaña y después de hacer el amor nos abrazábamos y escuchábamos las olas de mar, los grillos cantores y algunos animales que nunca descifré que eran. Esos han sido los días más felices de mi vida.  Me olvidé de todo.  Mi hermano y yo tenemos una empresa de construcción y ni siquiera lo llamé para decirle dónde estaba.  Me olvidé del teléfono, de la computadora, de las preocupaciones diarias.  Mi único objetivo era hacer feliz a Flor y gozar de la felicidad que ella me brindaba.

En esos días fuí a un lugar llamado Siete Altares que son pozas de agua natural que desembocan en el mar.  Nos bañamos y exploramos ese lugar en todos sus rincones.  Nos tiramos desde lo alto de una catarata y nadabamos sin parar. 

También fuimos a Playa Blanca que es la única playa con arena blanca de Guatemala.  Nos bañamos, bebimos agua de Coco y tratamos de ayudar a unos pescadores a casar Camarones.




Vivía en el paraíso con una mujer bella y con una vida relajada.  Hubiera querido vivir así eternamente pero mi sentido de responsabilidad me entró al final del noveno día y tuve que anunciarle a flor que al siguiente día yo partiría de regreso a la ciudad capital.  Ella se puso muy triste y lloró en mis brazos.  No quería que me fuera.  Le pedí que viniera conmigo.  Le confesé que estaba perdidamente enamorado de ella.

Ella sabiamente me dijo que no.  Me dijo que tenía responsabilidades con sus padres y además tenía que regresar a trabajar.  Que me había enamorado de ella en ese ambiente pero que en la capital no iba a ser lo mismo.  Ella sólo podía ser Garífuna en Livingston y en ningún otro lugar. 

Siendo de dos lugares tan distintos no hará la cosa fácil pero sé que no será imposible.  Dicen que el amor puede contra todo.  Ahora es mi prueba de fuego que así será.

Ya mi hermano terminó el regaño y yo regreso a mi escritorio.  Tengo miles de correos electrónicos que responder y llamadas que hacer.  En lugar de hacerlo, me meto a la internet y busco propiedades en Livingston.  ¿Quién sabe?  A lo mejor se me pegó algo Garífuna en los diez días que estuve ahí.  Regresaré por Flor y regresaré a ese lugar que me ha robado el corazón.

lunes, 11 de julio de 2011

Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde



Estoy en un mar de confusión y no sé que hacer.  Yo que siempre tengo la respuesta a todo, que sé lo que quiero y cómo lo quiero.  Esta vez estoy confundido. 

Me considero un tipo normal, aunque soy muy ambicioso.  No sé por qué pero desde muy temprana edad me prometí tenerlo todo.  Y tengo una casa bellísima en uno de los mejores barrios de la ciudad, tengo un carro, tengo una moto, dinero guardado en el banco.  En mi trabajo tengo uno de los mejores puestos y mis jefes aprecian mi trabajo con bonos considerables.

Lo tengo todo... menos a ella.  La tuve si ¡Vaya si no fue mía! Ella me lo dio todo.  Pero creo que ese fue su error.  No había cosa que no le pidiera que ella no me lo diera.  Además me apoyaba en todos mis caprichos y me dejaba realizar mis sueños.  Nunca me dijo que dejara de hacer algo.  Además siempre estuvo cuidándome cuando me enfermaba como nadie.  También cuando  me agarraban depresiones y malos humores, era ella la única que me soportaba.  Quizás ser tan buena conmigo fue su mayor error.  Yo la tomé a la ligera.  Juré que ella se iba a quedar conmigo para siempre.  Así que no aprecié lo que me daba.  Me burlé de ella varias veces.  Tuve amores clandestinos que durmieron en la misma cama en la que ella me adoraba.  Y la desprecié y de qué manera.  Cuando ella todo me lo entregaba yo la deshechaba como basura.  Me daba lástima verla llorar por mí pero sabía que si le decía un par de palabras dulces, ella volvía a sonreír y quedarse ahí como que si nada.  Así que lo volvía a hacer.  Por diversión quizás o por malicia.  La verdad no lo sé.

A la hora de hacer el amor la entrega de ella era total, me hacía llegar al éxtasis. Con el tiempo uno se acostumbra a los besos, a las caricias y a la manera de hacerlo y eso fue lo que me pasó a mí.  Me aburrí.  Y en lugar de apreciar la manera de ella de amar cada rincón de mi cuerpo, de acariciar cada uno de mis secretos y de adorar cada momento en la intimidad, no le presté atención y alejaba mi mente en otros momentos y en otras caricias. 

Y mientras pasaba el tiempo más la despreciaba.  Más nos alejábamos el uno del otro.  Hasta llegó al punto que su presencia me estorbaba.  Creía que no la necesitaba y no sabía cómo decirle que ya no quería nada con ella.  Y un día de muchos, ella me sorprendió con su partida.  Me dijo que me amaba pero más se amaba a si misma y me dejó ahí sin más.  Lo que yo tanto había buscado lo había logrado pero en lugar de sentirme aliviado o feliz me quedé pasmado, confundido.  Creí que ella me amaba tanto como para aceptar mis estupideces sin darme cuenta que lo que hacía era fortalecerla y hacerla apreciarse más a si misma y despreciarme a mí.

Después de seis meses de esa despedida todavía sueño con ella.  La añoro y la amo.  No puedo dormir porque si lo hago la sueño.  Si la veo por ahí mi corazón da un vuelco de ciento ochenta grados.  En especial porque la veo feliz sin mí.  La veo tranquila y serena.  No quiero que eso suceda, quiero que sea feliz sólamente conmigo.  Quiero demostrarle lo que la amo pero a la vez me entra un gran miedo.  Miedo de volverme a comportar como el idiota de ayer.  Miedo a hacerle daño de nuevo.  Miedo a jugar de nuevo con sus sentimientos.

Así que acá estoy echo un manojo de nervios, meditabundo, sólo.  Ni siquiera puedo fijarme en otras chicas porque siento que la estoy traicionando.   Vivo día y noche pensando en ella, no puedo comer, no puedo divertirme y todas las cosas que me hacían feliz antes ahora sólo me deprimen.   Me cuesta concentrarme en el trabajo, mi rendimiento ha cambiado.

Sueño con los momentos en que nos haciamos el amor.  En su manera de mirarme y acariciarme.  En esa entrega total que no he encontrado en ninguna otra. Todas esas cosas que en su momento desprecié ahora viven en mi memoria como raíces de un árbol: encrustadas profundas en mis recuerdos robándole suspiros  al viento.  Cómo sueño con tan sólo tenerla en mis brazos otra vez.

Y ahora me doy cuenta de la mujer que ella es.  Una mujer real sin miedo a demostrar lo que siente, con tanto amor para dar.  Y yo de estúpido no lo pude apreciar en su momento.  Lo desprecié y desperdicié como un tonto.  Ahora sueño con una mirada suya, una caricia o tan sólo una sonrisa.

No sé cuanto tiempo estaré así.  No sé si algún día lograré sacármela de la cabeza.  A veces me pregunto que haría ella si le pidiera que regresara conmigo.  Estoy demasiado confundido para hacer algo así que mejor me quedo acá sin ella, llorándola, amándola, soñándola, adorándola.

martes, 3 de mayo de 2011

Para Decirte Adiós...

Estimado Julio:

Si tú supieras lo que me costó tomar la decisión de decirte adiós.  No fue una decisión fácil ni la decisión fue tomada en cuestión de segundos, minutos u horas.  Tuve que meditarlo por días, meses y pasó más de un año para finalmente decidirme.

Es que te amo con toda mi alma y sé que te amaré siempre.  Tú haz sido lo mejor en mi vida.  Tú haz sido mi guía, mi complemento, mi otra mitad.  Cualquiera que leyera estas palabras pensará que estoy loca por haberte dejado.  Pero hay una explicación del por qué.

Cuando me dí cuenta que algo estaba mal entre nosotros fue cuando te rogaba para que me tocaras, para que me acariciaras, para que me hicieras tuya.  Tú pasabas de mí.  Y empecé a lamentarme, a sollozar en silencio, a llorar a todo pulmón en la ducha, luego a llorar con mis amigas, hasta que el llanto se hizo inaguantable e imparable.

Te supliqué, te pedí que me dijeras qué estaba mal, que me explicaras en qué había fallado y siempre obtuve como respuesta tu silencio.  Ante los demás eramos la pareja perfecta sin que nadie sospechara como mi corazón se desgarraba poco a poco. Yo no podía entender como tú podías seguir la vida como que si nada estuviera pasando (o al menos eso aparentabas). Luego la distancia entre los dos se hizo más visible ya que tú preferías pasártela fuera de casa con tus amigos y yo para no quedarme sola también salía y me llenaba de actividades.  Pareciamos compañeros de piso,  cada quién por su lado, sólo diciéndonos hola y adiós y de vez en cuándo pasar un tiempo juntos.

Yo no podía seguir viviendo más así.  Cada vez que tocaba el tema tú solo me veías como un idiota y no hacias nada para mejorar las cosas, para luchar por nuestro amor.  Porque sé que todavía me amas.  Aunque nos separamos de esa manera teníamos muy buen contacto, muy lindos momentos con un beso y un abrazo robado al tiempo, preciosas risas y apoyo moral en los momentos críticos. 

Un día en que sollozaba de nuevo al silencio de la noche y a tu espalda caí en cuenta que aunque me aferrara al recuerdo de lo que un día fue nuestra relación, no iba a lograr componerla sin tu ayuda.  En una relación hay dos personas y no sólo una puede hacer el esfuerzo.  Como un último intento traté de explicarte mi teoría.  Traté de despabilarte de una sola vez para que te dieras cuenta de lo que estabas logrando.  Hubiera querido darte un par de bofetadas para que recapacitaras.  Pero lamentablemente mi consejo entró por tu oído derecho y salió por el izquierdo. 

Yo te amo como nunca he amado a nadie.  Si de por mí fuera me hubiera quedado para siempre contigo. Eres lo que yo siempre quise en un hombre:  guapo, inteligente, emprendedor, simpático, cariñoso.  Pero vivir como una pareja de 60 años que no se toca sino que sólo viven juntos por conveniencia cuando todavía estamos por los 30 no me parece.  Te amo pero me amo a mí misma mucho más.  Sé que merezco un trato mejor y sé que merezco ser valorada como mujer.  Si yo estuviera gorda, descuidada, desmarañada o demacrada te daría la razón.  Pero soy una mujer de éxito, trabajadora, emprendedora, sexy, bonita y divertida.  Además de ser buena amante, buena cocinera, buena consejera, buena amiga y buena mujer. 

Así que por todo esto que te explico llegué a la conclusión que era mejor decirte adiós.  Me alegro que hayamos quedado como amigos aunque no sé como puedo hacer que mis sentidos te vean como tal.  Al menos por el momento no puedo hacerlo y tendré que dejar de verte por un par de meses, talvez más. Espero que el tiempo sea mi amigo y me ayude a curar la herida y a consolarme en mi desdicha.

Todavía trato de encontrar el por qué  fallamos pero creo que nunca lo voy a poder lograr.  Quiero decirte que mi conciencia está tranquila porque hice todo lo que pude haber hecho para salvar la relación.  Hice todo lo que pude para recuperar lo que teníamos y forjar juntos un futuro mejor para los dos.  Muy tarde me doy cuenta que una relación no se basa sólamente en el amor pero si no también en el compromiso y respeto.

Juro que si regresas algún día y me dices que al fin te diste cuenta de tu error te perdonaré y regresaré contigo.  Por el momento te dejo aunque desmaye del dolor para que medites al respecto o para  que seas feliz con alguien más. 

Nunca podré olvidar los bellos momentos que pasamos juntos.  Siempre estarás en un lugar especial en mi corazón y serás alguien que recuerde toda mi vida. La verdad es que... preferiría no decirte adiós nunca pero ya no está en mí. Que triste será mi vida sin ti. Nunca te olvidaré. 

Siempre tuya,

Larissa

lunes, 25 de abril de 2011

La Leyenda del Xocomil

En el departamento de Sololá, Guatemala se encuentra el Lago de Atitlán. Es considerado uno de los lagos más bellos del mundo. Está rodeado de tres volcanes: Atitlán, Tolimán y San Pedro.  En las márgenes del lago se encuentran varias poblaciones de origen maya.  La naturaleza alrededor del lago así como la gente con sus trajes indígenas de colores vibrantes hacen de este lugar una de las atracciones turísticas más grandes del país.  Una de las características del lago es un viento fuerte llamado Xocomil que empieza a las cinco de la tarde y que no permite la navegación por las aguas del lago a esa hora.  Es muy temido por las grandes olas que levanta y por la rabia con la que sopla. La etimología de Xocomil, proviene de las voces kaqchikeles (un idioma hablado en Guatemala) "Xocom", de jocom (recoger) e "il" (pecados), o sea el viento que recoge los pecados de los habitantes de los pueblos situados a orilla del lago.

Cuenta la leyenda que antes de la formación del lago habían tres ríos que se juntaban al centro de los tres volcanes.  Cada mañana iba una doncella a bañarse a los ríos.  La doncella era de una cabellera larga y negra, delgada de piel suave y fina y de una belleza incomparable.  Era la hija del cacique de la región y su nombre era Citlatzin que significa “estrellita”.  Cantaba con una dulzura excepcional y las aguas de los ríos se enamoraron de ella y cada día esperaban el baño de Citlatzin con ansias.  Los ríos se creían los amantes de Citlatzin aunque sabían que ella era la prometida del hijo del cacique del norte.

Una mañana de tantas, después del baño usual, Citlatzin decidió dar un paseo para recoger algunas flores para su madre.  En el camino se topó con Tzilmiztli.  Tzilmiztli era hijo del carpintero de la región, por lo tanto un plebeyo.  Su nombre significa “Puma Negro”.  No era permitido que la nobleza se mezclara con los plebeyos pero el encuentro casual de Citlatzin y Tzilmiztli los impactó a los dos.  Al verse a los ojos sintieron como la electricidad les recorría el cuerpo y no querían separarse jamás.  Hablaron de todo un poco y acordaron volverse a ver a la mañana siguiente en el mismo lugar.  Desde ese día, Citlatzin y Tzilmiztli se encontraban a escondidas y compartían momentos inolvidables.  Una mañana sin pensarlo Tzilmiztli le rozó la mejilla y la besó apasionadamente.  Del beso pasaron a más y así empezaron a tener una apasionada aventura amorosa que los hizo enamorarse y aferrar el alma hacía un destino incierto y sin futuro.

Mientras tanto los ríos veían un cambio en Citlatzin que no sabían como interpretar.  Ya no jugaba con sus aguas cristalinas como antes sino que se apresuraba a bañarse y hasta dejó de cantar para ellos.  Ellos sabían que algo la distraía pero no comprendían que era.  Después de algunos meses se empezaron a ver cambios en el cuerpo de Citlatzin.  Los ríos que conocían todos sus rincones sabían que estaba diferente.  Sus formas de niña se había transformado a formas de mujer.  Sospechaban que Citlatzin se había enamorado pero no podían estar seguros. Sabían que faltaba bastante tiempo para que ella se casara asi que no comprendían quien podía estarla distrayendo.  Se morían de la curiosidad así que decidieron preguntarle al viento si podía contarles que sucedía.  El viento les contó de los encuentros de Citlatzin con Tzilmiztli.  Los ríos se cegaron de los celos y decidieron hacer algo para separarlos.  Le pidieron al viento que les ayudaran a traer a Tzilmiztli y Citlatzin a los ríos.  Querían castigar a Tzilmiztli enfrente de Citlatzin para que ella supiera que con ellos no se jugaba.

El viento empujó a Tzilmiztli y a Citlatzin hacia los ríos y cuando llegaron a la orilla empujó con más fuera a Tzilmiztli para que entrara a las aguas de los ríos.  Tzilmiztli se enredó en las aguas enfurecidas mezcladas con el viento que lo envolvían para hundirlo en ellas.  Cuando Citlatzin notó lo que estaba sucediendo decidió que no podía vivir sin Tzilmiztli y voluntariamente entró a las aguas y en medio de la furia tomó la mano de Tzilmiztli para luego hundirse con él hasta las profundidades.

Los ríos al ver que Citlatzin había decidido acabar su vida junto a Tzilmiztli se enfurecieron aún más hasta formar un choque de corrientes que cubrió casi toda la región.

Así fue como se formó el Lago de Atitlán.  Las aguas nunca olvidaron la traición de su amada y junto con el viento todavía protestan su pecado. 

lunes, 28 de marzo de 2011

El Sacrifio de Milena

Ella se mecía al ritmo de la marea de aguas cristalinas que tenía a la vista.  Sus pies mojados jugaban distraídos.  El olor a mar vivo se impregnaba en el ambiente.  Al horizonte se veía al sol escondiéndose sigiloso. Miles de gaviotas chillaban y bailaban al compás de las olas.  A pesar de que todo el paisaje compartía calma y serenidad el corazón de Milena estaba en desasosiego.

Hacía muchos años que había cruzado en avión este mismo mar en busca un futuro mejor.   Guatemala la cobijó y le vió crecer pero nunca pudo darle una estabilidad financiera ni laboral.  Los padres de Milena hicieron lo que pudieron por sacarla adelante.  Se enamoró muy jóven de un hombre casado que le prometió el cielo y la tierra y lo único que atinó fue engendrarle un hijo.  Así que con veinte años ella se encontraba sola y con un niño al que criar.  Al momento de que la criatura nació, ella se llenó de ese amor incondicional que trae el lazo natural de una madre con su hijo. Ella quería lo mejor para él y no sabía como proporcionárselo. Carecía de dinero, trabajo y apoyo de una mano derecha que la cuidara a ella y al bebé.  Así que en un momento de desesperación decidió emigrar hacia el Norte soñando con un futuro mejor. 

Tuvo suerte y consiguió la visa americana en un abrir y cerrar de ojos.  Prestó dinero acá y allá y decidió partir dejando lo que más quería en manos de sus padres.  Cuando se despidió, abrazó a su hijo de tal manera que parecería que nunca lo iba a volver a ver.  Su mayor anhelo era trabajar duro y al cabo de un par de años lograr llevárselo a él también. 

Desde la ventana del avión divisó el mismo mar de ahora.  Al percatarse de su inmensidad le pidió un único deseo:  Reecontrarse con su hijo lo más pronto posible.

Encontró trabajo rápido y envió el dinero prometido puntual a sus padres.  Llamaba por teléfono cada vez que podía y escuchaba como su hijo crecía en conocimiento y aptitudes.  Escribió mil cartas y envió millares de regalos. Trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer seis días a la semana sin cansancio. Con todo el esfuerzo, no logró cambiar su estatus ilegal en ese país. Por lo mismo no podía traer a su hijo consigo. Y mientras tanto ya había pasado una década desde la última vez que había visto a su hijo.

Incansable le reclamaba al mar.  Cada vez que podía se acercaba a él para reprocharle el no poder tener a su hijo con ella.  Quería nadar hacía el infinito para estar con su hijo.  Tenía la incertidumbre de cómo seguir su vida.  Si se quedaba podía seguir pagando para la educación y comodidades de su hijo.  Si se iba de regreso lo tenía a él pero no podía brindarle lo que a él le hacia falta.  Y así pasaba los días suspirando en agonía sin saber que hacer.

Sufría de ataques de ansiedad y pánico. Tenía insomnio y lloraba sin parar. No se consolaba en vivir sin él. Se mortificaba pensando en todos los años que perdía abrigando esperanzas y cuántos más tenía que seguir así.  Había intentado por todos los medios traerlo consigo pero no lo había logrado.  La disyuntiva de tener que vivir sin él para proveerle una mejor vida o estar con él y vivir pobre era la que la hacia perder la cabeza y pensar en cosas inimaginables.  Así que para recobrar la cordura recorría al mar y le culpaba de todas sus desdichas. 

Ese día en particular había llamado a su hijo. Lo notó tan indiferente y distante que le entró un gran temor: de que él se estaba olvidando de quién en realidad era su madre. Al terminar la conversación lo había escuchado llamar a su abuela mamá  y eso le hizo un nudo en la garganta.  El corazón de Milena se había contraído y se hallaba dañado.  Se daba cuenta que el tiempo no perdonaba y había logrado hacer que su hijo se empezara a olvidar de ella.  Ese día no tenía reclamos al mar.  Ese día se daba cuenta que el sacrificio de darle lo mejor a su hijo tenía precio.  Ella sabía que madre es quien cría y no quien engendra.  Así que con el pecho compungido y entre lágrimas y lamentos tomó la decisión más difícil de su vida que compartió con su viejo amigo el mar: seguir proveyendo y aceptar la distancia entre ella y su hijo.   En alguna otra vida su esfuerzo se compensaría.

lunes, 21 de marzo de 2011

No Puedo Decirte Adiós

Me fumo el tercer cigarro en 15 minutos. Tengo que dejar de fumar. “Fumar es dañino para la salud” se lee en la cajetilla de cigarros que tiro lo más lejos de mí. 

Se refleja mi cuerpo en la ventana de cristal del bar a donde he venido.  Nada mal.  Este vestido color vino tinto me sienta fenomenal. Me hace ver más delgada de lo que soy y el busto se me ve más prominente.  No es por nada pero me veo muy sexy.  Y estas sandalias de tacón alto le dan un toque felino. Cruzo la pierna para dar el toque final.  Los aretes y la pulsera de diferentes tonos rojos hacen juego con el vestido.   Saco el espejo de mano y  me veo por cuarta vez.  La verdad que hoy estoy matadora con este maquillaje de película que me he puesto.  El delineador de ojos me hace ver como una hechicera y el pintalabios del mismo color que el vestido me queda de maravilla.  Me acomodo de nuevo el cabello.

Si es que pareciera que voy a una fiesta o que estoy a punto de tener la primera cita.  Pero no, la verdad es que vengo a terminar mi relación con Javier.  Quiero que me vea lo más guapa posible para que se quede con un sabor amargo en la boca para cuando le diga adiós. Pero el sabor amargo lo tengo yo ahora así que me tomo un sorbo del vino y lo trago con ansiedad.

No es que no lo quiera ni esté enamorada de él. Lo amo con pasión incontrolable.  Pero él no me da lo que quiero.  Le hablo de responsabilidad y se burla. Le digo que quiero pasar más tiempo con él y me dice que los dos días que pasamos juntos a la semana son suficientes.  Quiero verlo un sábado y me dice que ya tiene planes.  Después de cinco años de relación como que ya es hora de que vaya a más, pienso yo.  O al menos eso es lo que quiero.  Pero él no parece querer lo mismo que yo.   O más bien dicho: No le interesa el tema.

Veo de nuevo el reloj y noto que Javier está atrasado ahora 9 minutos con 47 segundos.  Siempre hace lo mismo. Ni siquiera en eso es conciente.  Yo soy una mujer bonita, inteligente, educada.  No merezco el trato que él me da.

Ahora lo veo venir a través de la ventana de cristal.  Como hace buen clima ha decido venir en moto.  Que guapo se ve con esa chaqueta de cuero café.  Se acaba de quitar el casco y se acomoda el cabello dejando ver esas bellas facciones que me hicieron enamorarme de él.  ¡Si tan sólo no le quisiera tanto! Me chequeo en el espejo por última vez y lo guardo para que no sepa que me he vestido así a propósito.

-          ¡Hola mi amor! Que bella estás hoy.  Perdón por la tardanza – me dice dándome un beso descuidado.
-          Hola
-          ¿Empezaste a fumar de nuevo?
-          Si
-          ¿Desde cuándo?
-          Desde hoy

Evito verle a los ojos.  ¡Si supiera a que ha venido acá! Y mientras él pide distraído al camarero lo que quiere beber lo observo.  Hasta donde estoy sentada me llega el olor a la colonia que siempre usa, la famosa Calvin Klein. Que rico que huele.  Al quitarse la chaqueta de cuero deja ver esa camisa que tanto me gusta color azul oscuro.  Se la regalé para su cumpleaños.  La camisa le hace juego con los ojos y los hace verse más azules de lo que son.  Su cabello rubio oscuro hace juego con ellos.  Sus manos grandes y dedos largos me hacen extremecer de recordar cuántas veces se han posado en mi piel y hacerme sentir cosas que nunca soñé. Me estoy dejando llevar de nuevo por los recuerdos felices. Tengo que concentrarme y pensar en lo que voy a hacer.

-          Y entonces ¿para qué me querías ver con tanta urgencia?  Sonabas muy seria por teléfono.
-          Espera a que te traigan la bebida.  No quiero que el camarero escuche la conversación.-  Le digo viendo hacia la que se ha hecho mi amiga, la ventana del bar.  Quiero evitar verlo a los ojos lo más que puedo.

Apago el cigarro con la mano derecha y en un descuido me coge la izquierda y la deposita entre sus manos.  Me mira profundo a los ojos mientras me da un beso delicado en ella. Yo lo veo de reojo porque no quiero toparme con esa mirada clandestina ¡Espero que deje de hacer estas cosas porque me debilita!

El camarero trae su bebida mientras yo nerviosamente busco en mi cartera algo imaginario que no puedo encontrar.  Se hace difícil disimular.

-          Bueno linda, ya tengo mi bebida. De que se trata todo esto.
-          La realidad es que no se como comenzar.- Le digo revolviéndome en la silla y tomando un gran sorbo del vino.
-          Anda, tanto misterio. Dilo de una vez.
-          Tu sabes que te quiero mucho y sabes lo que siento por tí. Pero no estoy contenta con nuestra relación.  Creo que sería mejor que...terminaramos

Se me queda mirado con una cara de desconcierto para luego sonreir y luego reir a carcajadas.

-          ¡No estoy bromeando Javier! Te he dicho miles de veces que quiero que profundicemos en la relación, que quiero ir al siguiente nivel y no sucede.  ¡No voy a esperarte toda la vida!
-          Perdón por la risa pero me parece que estas exagerando un poco.- Me contesta besando mi mano nuevamente.  Intento soltarla de entre sus manos y no me deja.
-          No estoy exagerando, es la verdad.  No quieres verme más seguido, no quieres comprometerte conmigo ni mucho menos casarte.  Quieres seguir la relación como la llevamos pero después de cinco años yo ya me aburrí de lo mismo de siempre.
-          Tontita ¡claro que quiero estar más en serio contigo! pero no pienso que sea el momento adecuado para hacerlo.
-          ¿Y por qué no?
-          Porque estoy muy ocupado con mi trabajo.  Acuérdate que últimamente las responsabilidades han aumentado y tengo varios proyectos entre manos.  Si todo sale bien tengo la promesa de obtener un cargo superior.  Tengo que demostrarle a mi jefe que soy capaz de hacerlo.
-          Lo mismo me dijiste hace un año Javier.  Siempre es lo mismo.  ¡Para ti es más importante el trabajo que la relación!  Yo  ya no estoy para esto.
-          ¿Te gustaría casarte y vivir en una casa bonita y grande, un carro lujoso y tener muchas comodidades?  Eso es mi meta.  Quiero llenarte de todas esas cosas lindas que te mereces y estar a la altura de tu belleza
-          La verdad es que no me importaría vivir en la miseria, aunque se que eso no pasaría ahora, pero la cosa es estar contigo, formar una familia y que duermas a mi lado cada noche.  Ese es mi mayor anhelo.
-          Mi amor, te lo daré te lo prometo, sólo dame más tiempo
-          ¿Cuánto tiempo más necesitas Javier?
-          No lo sé…

Cojo la cajetilla de cigarros de nuevo y saco el cuarto en un día. La verdad es que pensar en fumarlo me da asco pero al mismo tiempo sé que no puedo dejar de hacerlo.  Lo enciendo.  Mi pie derecho se mueve incontrolablemente y yo respiro profundamente y trato de calmarme. Sé que estoy perdiendo el tiempo con Javier.  Lo espero un año, dos o tres y siempre será lo mismo.  Tengo que ser fuerte y terminar la relación de una vez por todas. Tomo un buen sorbo del vino mientras trato de aclarar mis pensamientos.

-          Mi amor, ¿Cómo crees que me puedo alejar de ti? Eres la mujer de mi vida.
-          Javier ¡Ya basta! Si lo fuera no me sentiría tan miserable con lo poco que me das.
-          Ten un poco de paciencia preciosa, tendrás lo que me pides y más – Me dice tomando mi barbilla con su mano.  Se acerca a darme un beso.  Me aparto.  Quiero y no quiero besarlo.  Odio estar en esta situación.
-          Tengo algo para ti.
-          Javier ¿No entiendes?  Estamos terminando.
-          Yo no estoy terminando, eres tú la que está con esa idea loca, pero te prometo que después de que veas lo que tengo para ti no querrás terminar nunca.
-          ¿Qué es?
-          Tienes que venir conmigo para enseñartelo.
-          Yo no me monto en esa moto y mucho menos con este vestido.
-          Tomas el taxi, yo te lo pago.
-          No quiero.
-          Vamos cariño, es algo que mandé a hacer especialmente para ti.  Me ha tomado meses encontrar donde hacerlo y que lo hicieran a tu medida. Lo he diseñado junto con el dueño de la tienda en la cual lo compré. Le he hablado tanto de ti que seguro hasta él se ha enamorado.  ¿No me dejarás devolverlo avergonzado porque no lo quieres, o si?  Es de tu estilo y jamás a alguien le quedaría tan bonito como a ti.

Apago el cigarro a medias en el cenicero.  ¿Qué será lo que me compró Javier?  ¿Será el abrigo que tanto le he pedido? ¿Un anillo? ¿Un collar? Ahora mi mayor deseo es ver el regalo que terminar con él. Y continúa besándome la mano.  Ahora me ve con esos ojos implorantes que me hacen flaquear.  Sonrio a medias y me muerdo el labio inferior. Ahora junta las manos para implorarme.  Me hace sonreir aún más. Se acerca el camarero a preguntarnos si queremos algo más.

-          ¿Quieres terminar esta conversación y ver lo que te compré?

¡Maldita Sea! Ahora me toca a mi decidir.  ¿Qué es lo que realmente quiero?  ¡Enfócate por una sóla vez!  Y los segundos que me tomó decidir parecieron horas mientras tenía dos pares de ojos mírando a través de mi escote.  ¡Hombres!

-          Traíganos la cuenta por favor.- Digo, arrepintiéndome en el mismo instante en que lo dije.

domingo, 13 de febrero de 2011

El Amor no es como en los cuentos de hadas

Todo empezó un sábado por la noche, 19 años atrás, en aquél lugar.  Era una de las mejores discotecas de la ciudad.  Era la primera vez que podía legalmente entrar a una discoteca ya que acaba de cumplir mis 18 primaveras.  Así que un poco tímida, con mucho pintalabios y rímel, con un vestido negro muy ajustado y unos tacones muy altos también negros, fuí a conquistar aquella discoteca.  Decidí comenzar mi vida adulta con el pie derecho o con los dos pies:  Quería bailar. 

El interior era color rojo con tonos blancos y negros, butacas rojas cómodas rodeadas de cuadros abstractos que me hicieron recordar a los de Picasso. Piso de madera y una barra lujosa, larga y negra con botellas mil y secretos sin contar.  Los chicos de la barra eran dos jóvenes guapos y altos, vestidos de negro con sonrisas de porcelana.  Hacían bailotear las botellas con gracia y rapidez como en la película de Tom Cruise llamada Cocktail que por cierto cada vez que la recuerdo me hace tararear la canción de los Beach Boys “Kokomo” por días sin parar.

Pedí el cóctel llamado “Tequila Sunrise” ya que siempre me gustó el nombre y ver como la granadina va dejando una línea roja como borracho a su paso hasta tocar fondo.  Pusieron la canción de moda que era de los Hombres G y la de las Chicas Cocodrilo y yo fui sola a bailar a la pista de baile.  Nunca me importó el que dirán y menos si se trata de bailar.  Y después de los Hombres G, pusieron a Alaska y Dinarama con Como Pudiste Hacerme Esto a Mí y luego a La Unión con Ella es un Volcán.  Yo bailaba con la pajilla jugando entre mis dientes mientras mi paladar saboreaba el delicioso cóctel.  Al dar media vuelta lo ví en una esquina de la sala.   Eran los ojos cafés más penetradores que había visto jamás.  Estaba entre sombras y no podía ver bien su rostro.  Cuando me acerqué un poco más noté sus brazos fuertes y su camisa a cuadros naranja con rojo.  Tenía puestos unos jeans.  Su sonrisa era una mezcla de timidez con seguridad.  Sus ojos me devoraban de pies a cabeza y eso fue lo que más me llamó la atención de él. Tenía un tono triste en ellos como a la vez de desasosiego.  Le sonreí y seguí bailando disimulando mi curiosidad y mi deseo de hablarle. 

Se acercó y me dijo al oído: Me gusta como bailas.  Y así empezamos a bailar.  Noté que apenas se movía y me confesó que no le gustaba mucho bailar.  Me pregunté ¿por qué alguien va a una discoteca sin que le guste bailar?   Pero no me importó porque el cóctel ya se me estaba subiendo a la cabeza.  Como no estaba acostumbrada a beber me mareaba bastante rápido.  Bailamos unas dos horas sin parar.  En ese lapso de tiempo bebí dos cocteles más que me hicieron emborracharme.  Al final de la noche ya sabía que el chico aquel se llamaba Roberto y sabía toda su vida que realmente no era mucha cosa.  Tenía 20 años, se había graduado de bachiller, no estaba en la Universidad y no trabajaba.  Si me pongo a pensar en ello, no era el mejor partido, pero después de tres cócteles yo lo miraba como una super estrella.

Como cerraban la discoteca en ese momento salimos de ahí y me dijo:

-          Quiero que sepas que eres la chica más bella que he visto
-          Eso le dirás a todas - le contesté tambaleando de un lado al otro porque los tacones ya se me hacían muy altos e inseguros
-          Quiero verte de nuevo pero yo soy un peligro para tí – me siguió diciendo mientras me seguía viendo con esa mirada penetrante
-          ¿Por qué dices eso?- Le contesté
-          Por que soy un chico malo, una mala persona – Me dijo tomándome de la mano con suavidad

Yo acerqué mi cuerpo hacia él y tenía su boca a un centímetro de la mía.  Lo miré profundamente a los ojos y le dije:

-          Me gusta el peligro – Y lo besé.

Y ahí comenzo una de las relaciones más tormentosas que he tenido en mi vida.  Pasó un año entre te quieros, te odio, déjame en paz, regresa conmigo y no te quiero perder nunca.  Lloré como reí, sufrí como gozé, lo amé como lo odié.  Vi la gloria y vi el infierno.  Fui feliz como fui extremadamente infeliz.  Y nos separamos como regresamos tantas veces que ya ni sé cuántas fueron.  El era un chico guapo y lo sabía, además que era encantador y bastante sexy.   Las mujeres caían a sus pies.  Más de alguna vez me engañó con alguna pero me lloraba y suplicaba que regresara. Como yo no tenía mucha experiencia le aceptaba de nuevo.  Pero lo amé con locura como yo sé que el me amó a mí.  Nunca había experimentado tanto amor y después con el paso de los años jamás sentí la profundidad con la que lo amé a él.

Un día de lluvia en el crepúsculo de mi cumpleaños diecinueve, estaba llorando de nuevo en mi pequeña habitación.  Las lágrimas caían como las gotas de lluvia, lentas pero seguras.  Levanté la cabeza y ví mi rostro en el espejo.  Pude ver la tristeza y desolación de mi alma y me juré que no iba a llorar más por Roberto.   Que esa relación no me llevaba a ningún lado.  Tenía que continuar mi camino sin él.  Y ahí mismo terminó esa relación para siempre.

Pasaron dieciocho años sin saber de él.  Estuve con algunos hombres más, me gradué de la Universidad, me fui a vivir a Holanda, y estaba en una relación estable de cinco años, sin hijos y me sentía muy feliz con mi vida.  Regresé a mi país de visita como solía hacerlo cada dos años.  Fui con tres de mis amigas de toda la vida al café de siempre para cotillear de nuestras vidas y ponernos al día.  Era un día soleado de febrero y hacia muchísimo calor.  Siempre procuraba tomar las vacaciones en febrero ya que el clima es siempre al revés de Europa:  Mientras en Europa es invierno en Latinoamérica es verano.  Que belleza que ahora tengamos la gran habilidad de recorrer largas distancias en poco tiempo. Dios bendiga a los hermanos Wright, quienes fueron los que inventaron el aeroplano.

Y mientras mis amigas y yo hablabamos sin parar, casi a gritos, riéndonos de nuestras travesuras y contándonos todo,  sentí como que un rayo me partía.  El corazón me palpitaba rápidamente como que tuviera taquicardia. Me pusé muy nerviosa sin saber el por qué. Hasta llegué a pensar de que eran los primeros síntomas de un infarto.  Cuando estaba a punto de contarles a mis amigas lo que estaba sintiendo lo ví caminar enfrente mío.  Era Roberto, con su mismo andar pausado.  Con un poco de libras de más y con unas cuántas canas. Pero era un Roberto distinto al que yo conocí en el pasado.  No había ni tristeza ni desasosiego en su mirada más bien serenidad y paz.  Iba de la mano con una chica muy guapa, delgada con unas tetas envidiables y bastante risueña.  Se veía que lo idolatraba.

Lo ví pararse de repente frente a mi mesa a una distancia de tres metros.  Podría jurar que tuvo la misma sensación que yo de un rayo partiéndole por dentro.  Veía al suelo confundido y perdido.  Luego vió el rostro de su amada sin decir palabra y levantó la vista hacia donde yo me encontraba.  En ese primer segundo en el que dos mundos vuelven a colapsar se siente como que la tierra se abré de par en par y empiezan a salir una por una las memorias que refundiste en el último rincón de tu inconciente.  Los besos, los paseos, las sábanas perfumadas en la cama, las risas, los llantos, los cuerpos, los amigos, su ombligo, sus vellos, su olor.  ¡Todo!

Nos vimos sin decir palabra pero nos decíamos todo con la mirada.  Una de mis amigas me hizo una pregunta la cuál no contesté.  Al ver mi cara volteó a ver.  Mis tres amigas sabían quien era él.  Las otras dos me voltearon a ver para acto seguido verlo a él.  La acompañante de él, confundida, lo veía a él y me veía a mí sin saber muy bien que hacer. Le preguntaba ¿Quién es?  Y él no le respondía y seguía con su mirada fija en mí.

Como hipnotizada me levanté y empecé a caminar hacía él.  En todo el recorrido que me tomó dos minutos pero pareció de diez horas no nos dejamos de ver ningún instante.  Y las memorias seguían saliendo como si hubiera sido ayer. Un beso tierno en su pecho, mis dedos recorriendo su piel, un atardecer lluvioso en la cama, un por qué y para qué. Me paré enfrente de él y seguimos viéndonos por unos segundos más.  Muy dentro de mí volvía a sentir todo ese amor, toda esa locura que me atrajo aquella primera vez y que me hizo amarlo por diecinueve años. Que tonta, muy tarde me doy cuenta. Tenía ganas de tirármele encima, de morder sus labios, besarlo con locura y decirle cuánto lo seguía amando. 

Pero sólo atiné a decir:

-          Que gusto me da verte de nuevo - Le extendí la mano como se acostumbra en Holanda esperando su respuesta.
-          El gusto es mío - Dijo él abrazándome tímidamente sin saber muy bien como guardar la distancia para evitar lo inevitable.
-          Te presento a mi esposa Karla – Dijo él saliendo del encantamiento de nuestras miradas.
-          Mucho gusto – dije yo dándole un par de besos en las mejillas y maldecir el momento en el que él dijo que era su esposa.

Y así nos contamos brevemente nuestras vidas frente a la mirada penetrante de su esposa Karla.  Era evidente que los dos queríamos hablar más a profundidad de ciertas cosas, pero evitamos hacerlo por respeto a su esposa.  Y así pasaron cinco minutos hasta que el mesero les vino a avisar que su mesa estaba lista.  Nos despedimos como cualquier viejo amigo y ellos se dirigieron a su mesa y yo a la mía.

Mis amigas que no se habían perdido ni un solo instante de tal encuentro me preguntaban como me sentía. Habían notado un poco de incomodidad de parte de los dos y que no sabían como interpretarlo.

Yo les contesté viendo al vacío:

-          Me siento de nuevo enamorada, me siento de nuevo atrapada en su alma.  No quiero dejar de sentirme así.  Mi corazón se ha alegrado, me siento en paz, me siento feliz. Le quiero besar, le quiero acariciar y quiero decirle cuanto lo he extrañado. Pero nuestro reencuentro fue en el tiempo equivocado, como equivocada fue nuestra relación.  Lamentablemente chicas, el amor no lo es todo, y no siempre terminas  con un final como en los cuentos de hadas.  Será en otra vida, o será en otras vidas, pero en ésta no será jamás.  No se puede dañar a terceros tan sólo por querer amar. 

Y con esas palabras llamé al mesero y le pedí tres shots de tequila.  Teníamos que brindar por el amor que a veces la vida nos dá y que conservamos aunque no tengamos un final feliz.